Alimentos Transgénicos

Es buena, la nueva forma de alimentarnos?

Genéricamente se llama transgénicos u organismos modificados genéticamente (OMG)
a todos aquellos organismos vivos a los que se incorporan genes o secuencias genéticas procedentes de otras especies mediante procedimientos basados en la tecnología del ADN recombinante, con la finalidad de aportarles rasgos ajenos a su naturaleza.

El concepto tiene aplicación en áreas como la consecución de animales de laboratorio adaptados a determinados tipos de experimentación o la de tejidos vivos para trasplantes resistentes al rechazo.

Sin embargo, es en el campo de la alimentación donde la noción de transgénico ha adquirido una mayor implantación. Los alimentos transgénicos son los obtenidos por manipulación genética de especies animales y, sobre todo, vegetales, para mejorar sus condiciones de resistencia, valor nutricional, rendimiento productivo, etc.

Se trata de alimentos que, desde las primeras experiencias realizadas sobre ellos en los Estados Unidos en la década de 1980, han sido objeto de controversia, puesto que, si en el aspecto positivo ofrecen cualidades que otros productos no modificados no poseen, en el negativo pueden comportar riegos, tanto para la salud de quien los consume como para el ambiente en el que se desarrollan.

Ventajas y desventajas de los alimentos transgénicos

Son numerosas las entidades conservacionistas opuestas a la difusión de este tipo de alimentos que, por otra parte, ha experimentado una notable difusión a nivel mundial. En contrapartida, las compañías dedicadas a la investigación en este campo, como las multinacionales estadounidenses y europeas Monsanto, Aventis, Syngenta o BASF, dedican grandes sumas a los estudios sobre la magnitud del riesgo que el uso de transgénicos comporta en relación con sus beneficios potenciales.

Entre los aspectos ventajosos pueden mencionarse algunos de escala global, como el incremento de la productividad, la tolerancia de algunas especies transgénicas a sequías o temperaturas extremas y la obtención de especies resistentes a enfermedades y plagas, que tienen una aplicación económica directa en relación con la productividad en los países en lo que se empleen, pero también un fin orientado a combatir las hambrunas en los países subdesarrollados.

Igualmente son positivos ciertos efectos para la salud humana, como el aumento del poder nutricional de determinados alimentos o la posibilidad de crear “vacunas comestibles” incorporando, por ejemplo, a frutas y verduras genes que inmunicen contra determinadas enfermedades.

Incluso en el plano ambiental, el más denostado por los conservacionistas, pueden registrarse ventajas, como la consecución de especies resistentes que no requieren del uso masivo de plaguicidas o la reducción de la deforestación al ser mayor el rendimiento de los campos de cultivo.

Sin embargo, este escenario se ve condicionado por diversos factores de riesgo potencial. Destacan entre ellos riesgos sanitarios, como la recombinación de virus y bacterias que originen enfermedades nuevas o cepas microbianas resistentes a los antibióticos, o la aparición de nuevas alergias. A este respecto resulta significativo el hecho de que los casos de alergia a la soja se incrementaran en torno a un 50%, según un estudio realizado en el Reino Unido.

También en el plano ambiental se apuntan riesgos, como la pérdida de biodiversidad por desplazamiento de las especies autóctonas o la generación de resistencias entre las poblaciones de insectos o de malas hierbas, que den lugar a las llamadas “supermalezas”. Las organizaciones conservacionistas apuntan también inconvenientes de tipo económico, como el hecho de que los transgénicos pueden promover el control de la alimentación mundial por parte de unas pocas empresas multinacionales, lo que puede aumentar los problemas alimentarios de los países pobres.

Las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud (OMS), que no reconoce riesgos confirmados para la salud humana en los transgénicos actualmente utilizados, se orientan al minucioso estudio previo de cada especie modificada y al continuo control de sus riesgos sanitarios y ambientales, una vez implantado su cultivo.

La difusión de este tipo de alimentos

La producción de alimentos transgénicos se concentra especialmente en los Estados Unidos, que cuentan con casi el 60% de la producción mundial. No obstante, desde finales de la década de 1990, el número de países en los que se han establecido cultivos de esta naturaleza ha aumentado de manera considerable. Han proliferado en otros países americanos, como la Argentina, Canadá, Brasil o Paraguay, y asiáticos, como China, India e Indonesia.

La legislación de los países de la Unión Europea (UE) tiende a ser restrictiva, por lo que en Europa la producción de transgénicos es relativamente minoritaria.

Las dos especies de cultivo transgénico por antonomasia son el maíz y la soja, que en conjunto superan el 80% del total de los alimentos transgénicos del mundo, si bien también están extendidos cultivos como el de arroz, del que se obtienen variedades como el arroz dorado, con nutrientes suplementarios como hierro o betacarotenos, y el tomate, una de cuyas variedades transgénicas presenta la particularidad de conservarse durante más tiempo, no por incorporación de nuevos genes sino por supresión del gen que determina su tiempo de conservación en condiciones naturales.



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