Brujería, historia y principios

Se entiende por brujería el conjunto de prácticas y rituales ejercidos por los brujos, personas que la comunidad considera con poderes de origen sobrenatural que utilizan para causar el mal.

La brujería está constituida por las acciones y creencias relacionadas con los brujos, a quienes la comunidad imputa hechos que se oponen a la norma.

En muchas sociedades, se ve al brujo como un ser humano que, en secreto, domina fuerzas y poderes de origen sobrehumano, a veces sin saberlo, siendo el culpable de las desgracias que recaen sobre la comunidad.



Debido al carácter sobrenatural de los brujos y sus poderes, sus víctimas, conocidas como embrujados, deben recurrir a la práctica adivinatoria, consiguiendo de este modo contrarrestar los poderes maléficos de que son objeto, causantes de una enfermedad, una muerte, un accidente o una mala cosecha, por ejemplo. Cuando una persona es víctima de un ataque mediante brujería, debe recurrir a un especialista mágico, dotado con poderes de videncia y adivinación, a fin de identificar al responsable de su embrujo y conocer el remedio para terminar con las desgracias.

Aunque la creencia en la brujería es un fenómeno muy extendido, forma siempre parte de un contexto cultural específico, debiendo ser estudiada en cada sociedad en particular. Los etnógrafos e historiadores han documentado la existencia de la brujería en numerosas culturas del pasado y del presente, extendidas a lo largo del mundo, tanto en las culturalmente menos evolucionadas como en las más desarrolladas. En todos los casos estudiados se han detectado coincidencias, que se han explicado, por un lado, como fruto del interés humano por entender y explicar los procesos naturales y, por otro, como resultado de los numerosos intercambios culturales producidos a lo largo de la historia. Un ejemplo de esto último es la brujería presente entre algunas sociedades hispanoamericanas, fruto de la mezcla de varias tradiciones y creencias de origen amerindio, europeo y africano.

En español, el término brujo deriva, según Caro Baroja, de las voces borujo, borullo y burujo, que a su vez proceden del latín voluculum, relacionado con la idea de envolver o envoltorio. El término bruja tiene una procedencia etimológica desconocida, remontándose a tiempos anteriores a los romanos, aunque algunos autores afirman que su origen proviene de la palabra volucula, aludiendo a la capacidad de volar que se atribuía a las brujas.

Estudiar el fenómeno de la brujería no resulta fácil. La primera dificultad consiste en delimitar el significado del término brujo, muchas veces confundido con el de hechicero. Con el primero se califica a la persona que, poseedora de poderes innatos, puede causar un mal a otras personas; el hechicero, por el contrario, no posee estos poderes de modo innato, sino que ha sido iniciado en ellos y es, por tanto, conocedor de todo un complejo mágico-ritual que utiliza para dañar a los demás, en el que se incluyen conjuros, recitaciones, libros, fórmulas, etc.

Dentro de un grupo social, la creencia en la brujería conlleva al mismo tiempo la existencia de una concepción de la naturaleza dividida dos tipos de fuerzas: brujeriles –malignas– y contrabrujeriles –benéficas–. Además, se cree que estas fuerzas están presentes en los seres humanos, y que se relacionan con algunas instancias naturales y sobrenaturales –el brujo domina las fuerzas del clima, la enfermedad o la acción de los espíritus–. Por último, la creencia en la brujería implica, a su vez, el convencimiento de que de ella pueden provenir las desgracias personales, y que el remedio para estos males está, a su vez, en prácticas de origen mágico, aunque realizadas con fines benéficos. Otro aspecto importante de la brujería, desde el punto de vista antropológico, es que atañe a múltiples agentes, por cuanto toda brujería concierne al grupo social (la familia del afectado, su linaje, la comunidad, las autoridades, el orden moral, etc.).

Los estudios de  Evans-Pritchard

Los antropólogos han mostrado siempre gran interés por conocer e interpretar el fenómeno brujeril, siendo el de Evans-Pritchard el estudio más reconocido. Este autor analizó la brujería entre los azande africanos y halló que las creencias relacionadas con la brujería integran un sistema de valores que regula la conducta de los hombres. Para los azande, la brujería es la causante de todas las desgracias que ocurren a la comunidad, aunque esto no tiene nada de extraordinario, siendo un fenómeno plenamente integrado en la mentalidad, en el lenguaje y en la vida cotidiana. Por medio de la brujería los azande se explican lo que no son capaces de explicar por otros medios, ya que, cuando sucede algún hecho negativo, no lo atribuyen a la mala o la buena suerte.

Las desgracia no ocurren por azar

Así visto, las desgracias no ocurren por azar, sino como consecuencia de una acción premeditada, por lo que todo lo que perjudica a la comunidad tiene una explicación y puede, por tanto, ser combatido (por ejemplo, si un granero se derrumba, saben perfectamente que puede ser debido a las termitas, pero si se derrumba sobre una persona, atribuyen a la brujería el hecho que alguien estuviera en ese lugar en el momento en que se derrumbó).

En la tradición europea, la creencia en la brujería se remonta al principio de los tiempos. En el contexto cultural europeo, la figura de la bruja se identifica con una mujer mayor, de bajo estatus social, a la que se acusa de tener poderes mágicos que utiliza para causar el mal. Son muchos los autores que han relacionado la brujería europea e indoeuropea con cultos lunares de origen muy antiguo, relacionados a su vez con el universo femenino. En muchas culturas, mientras que el día, el sol y la luz se identifican con lo masculino y con la vida, la noche, la luna y la oscuridad se relacionan con lo femenino y la muerte. Para algunos autores, existieron antiguos cultos que ponían en relación la agricultura, los ciclos lunares y a la mujer como madre, de donde se desarrolló todo un complejo mágico animista centrado en una diosa-madre, precedente del fenómeno brujeril.

Los poderes de las brujas europeas están relacionados con determinadas figuras mitológicas precristianas, como la vasca Mary, la latina Diana o la germánica Holda. Para los antiguos griegos, Medea y Circe, dos figuras mitológicas, tenían poderes maléficos, pudiendo encantar a los hombres y convertirlos en animales. Teócrito, Horacio y Ovidio relacionaron a las brujas con Selene, la Luna, con Diana y con Hécate, todas ellas figuras relacionadas con la oscuridad y la muerte, atribución que ha permanecido en la imaginación popular a lo largo de los siglos. A la llegada del cristianismo, la bruja comenzó a ser relacionada con el diablo, con quien habría hecho un pacto para conseguir sus poderes.

 

A partir del siglo XIV, los documentos que aluden a la brujería hablan de la bruja como miembro de una secta que realiza rituales mágicos comunitarios –aquelarres–, en los que se adora al diablo, con quien practican el acto sexual. Los conocimientos sobre la brujería, aparte de la transmisión oral, se propagaban por medio de libros y papeles mágicos, como el llamado libro de San Cipriano, contenedor de rituales y conocimientos brujeriles al que se atribuían poderes, como que, si se intentaba quemar, saltaba de las llamas.

La mentalidad popular atribuía a las brujas la capacidad de provocar enfermedades o muerte, causar mal de ojo, estar poseídas por el diablo, convertirse en animales para causar el mal (como águilas, gatos, cabras, gallinas), provocar tormentas dañinas, impedir el acto sexual en las parejas o hacer recaer daños catastróficos sobre los cultivos, como granizos, pedrisco o sequías. Los aquelarres consistían en actos similares a una misa cristiana pero a la inversa –negra–, presidida por el diablo, donde se realizaban actos sacrílegos que desembocaban en una orgía multitudinaria, con las brujas copulando con el diablo en algunas de sus formas, como macho cabrío. Además, servían para iniciar a nuevas brujas en la comunidad, a las que el diablo marcaba con una señal en su ojo izquierdo y alguna cicatriz. Igualmente, se pensaba que las brujas bailaban, cantaban y tocaban instrumentos, actividad que, siempre en grupos de tres, realizaban también durante sus correrías nocturnas. Los aquelarres finalizaban con el alba, cuando el canto del gallo anunciaba el amanecer.

También se acusaba a las brujas de poder volar montadas sobre un objeto o un animal, de untarse ungüentos o ingerir sustancias con fines mágicos, de realizar prácticas sexuales transgresoras y de comer carne humana o de cadáveres. Algunas brujas o hechiceras contaban con clientela, siendo frecuente que se acudiera a ellas –y aún se hace– buscando los más diversos remedios contra enfermedades, males de amores o la acción de otras brujas. Del mismo modo, ponían en circulación rituales y objetos –amuletos– que protegían de la acción del mal.

La persecución de la brujería

La implantación y extensión del cristianismo en Europa tuvo como objetivo principal la defensa de la ortodoxia cristiana y la persecución de cualquier forma de desviación ideológica, ya fuera real o imaginada. Así, las prácticas o creencias mágicas fueron identificadas con el diablo, emprendiéndose una constante campaña de persecución que, durante la Edad Media dio lugar a numerosos episodios de represión. Fueron muchos los procesos judiciales y las condenas a muerte, con episodios de histeria colectiva, como los sucedidos en Francia y Alemania. Sólo la llegada del Renacimiento y el Humanismo contribuyeron a aplacar esta persecución, mostrándose más escépticas las autoridades religiosas con respecto a la existencia real de las prácticas brujeriles. Sin embargo, en la Edad Moderna la aparición del protestantismo dio lugar a un auge del puritanismo y, con él, al rebrote de las persecuciones y los procesos judiciales. Y, en paralelo, la implantación de la Contrarreforma y su defensa de la ortodoxia católica promovieron la vuelta de las acusaciones de brujería y el histerismo. Solo la llegada de la Ilustración y el racionalismo acabaron por frenar la feroz represión que hasta entonces se había llevado a cabo, contribuyendo además a hacer de la brujería un fenómeno alejado de los ámbitos del derecho y la vida académica, aunque aún presente en algunos segmentos de la población.