Cristianismo

Se llama cristianismo a la religión fundada por Jesús de Nazaret en el siglo I. Constituye una de las religiones mayoritarias del mundo y ha influido en el desarrollo de la historia de la humanidad, incluyendo su política, su filosofía, su antropología o su arte. Aunque la religión cristiana no nació como tal hasta la vida, sacrificio y muerte de Cristo, la venida de éste, al que también se le conoce como el Mesías, ya había sido anunciada por los profetas y las escrituras hebreas. No en vano, se considera que el cristianismo parte en gran medida de muchos de los principios del judaísmo.

El concepto de cristianismo se empleó por primera vez para hablar de los habitantes de Antioquía, que fueron los primeros que vivieron según los principios de la religión de Cristo gracias a la labor evangélica de san Pablo, que se enfrentó al nacionalismo judaico. Posteriormente, a pesar del rechazo y la persecución romana, la nueva religión inaugurada por Jesús de Nazaret se convirtió en la religión oficial del decadente imperio romano en los inicios del siglo IV, y se expandió luego por toda Europa a lo largo del medievo.

A partir del siglo XV, el cristianismo llegó a todos los rincones del mundo gracias al colonialismo europeo, y se diversificó en distintas iglesias y posturas institucionales debido a las diversas reformas que se llevaron a cabo en Alemania, Francia e Inglaterra, con el surgimiento del protestantismo, el calvinismo y el anglicanismo. El cristianismo también dio lugar en la edad media a dos grandes iglesias: la católica, que es la occidental, y la ortodoxa, que es la oriental.

A pesar de que existen pequeñas diferencias doctrinales entre las diversas iglesias cristianas, es posible hablar de una religión cristiana común, universal, que posee una serie de atributos elementales.

El monoteísmo cristiano

Una de las características fundamentales del cristianismo es su monoteísmo. En el primer milenio a.C., la mayor parte de las religiones existentes en el mundo eran politeístas, por lo que integraban dentro de la comprensión de lo divino un gran número de divinidades que se relacionaban jerárquicamente entre sí en un panteón. Sin embargo, el judaísmo primero y el cristianismo después hablaron de un único Dios omnipotente, que era el creador de todo lo existente, y de una ley universal e inquebrantable que conducía a la salvación.

El Dios cristiano es muy similar al judaico, aunque posee una importante particularidad con respecto a aquél: mandó a su hijo Jesucristo al mundo de los hombres con el objeto de que los redimiese del pecado original y así salvarles de la condenación.

Aunque el judaísmo ve en Jesús a la figura de un profeta, los hebreos no aceptan que se le considere el hijo de Dios, o Dios mismo hecho carne. Esto implica que mientras el judaísmo basa su identidad religiosa en su condición de pueblo elegido, el cristianismo busca la universalidad de la salvación a través de la figura de Cristo. En consecuencia, el Dios cristiano es más cercano que el hebreo, se deja pensar, hablar, tratar y llega a mezclarse con lo puramente humano.

Por otra parte, el monoteísmo de la religión cristiana implica la negación de las otras formas de religiosidad. Si el politeísmo entrañaba la coexistencia pacífica de diversos dioses, que no son incompatibles, el monoteísmo cristiano supuso desde sus orígenes la negación de la posibilidad de otras creencias y dioses. Se presume que esta intransigencia es el motivo de que los romanos temiesen a la nueva religión y persiguiesen a los primeros cristianos.

Cristianismo, escatología e historia

Otra de las características más determinantes del cristianismo es su comprensión positiva del hecho religioso. Es decir, mientras las religiones politeístas situaban a sus dioses en un plano absolutamente trascendente, abstracto, que no incidía en el mundo real de los hombres, el cristianismo inserta a Dios en la historia a través de la figura de Cristo, que es el que da lugar al nacimiento de la interpretación histórica del mundo.

En otras palabras: a partir del nacimiento de Jesús comienza la historia tal y como ésta es comprendida actualmente.

Además, con el cristianismo se empieza a entender el devenir como un proceso progresivo dotado de sentido, como un proceso con una finalidad. En la mayor parte de las religiones antiguas se entendía que el tiempo de los hombres era un tiempo decadente, que había sucedido a una era dorada que ya había desaparecido, sin dejar ninguna clase de vestigio. Sin embargo, el cristianismo entiende el devenir histórico como un camino hacia la salvación.

De esta manera, los hechos de la vida ordinaria no caen en el olvido, no carecen de sentido, y adquieren relevancia en virtud de un fin complejo: el reencuentro con Dios, la venida del nuevo reino, el fin del sufrimiento y la muerte.

La importancia de esta concepción de la historia es muy grande, y no se advierte tanto en los primeros siglos de la historia del cristianismo como en la modernidad, cuando las culturas y las filosofías empiezan a articularse alrededor del concepto de historia.

El concepto de juicio final ejerce en este sentido un papel primordial. La historia de la humanidad es una especie de cuenta atrás, un camino que se dirige inexorablemente hacia un ajuste de cuentas definitivo, que salvará a los piadosos y condenará a los pecadores.

Por esta razón, las críticas del judaísmo al primer cristianismo eran infundadas. La nueva religión no suponía un ataque contra el nacionalismo judaico, sino una nueva visión del ser humano y de su vida interior y política, que debía pasar a basarse en el cultivo del amor al prójimo y la fe en un Dios misericordioso.

La similitud entre la escatología planteada por el cristianismo y otras formas de salvación propias de otras religiones condujo a la aparición de un gran número de herejías en los primeros siglos de la historia del movimiento cristiano, como el arrianismo, el montanismo, el maniqueísmo, el pelagianismo o el gnosticismo.

Todas estas posturas partían de una interpretación del cristianismo sesgada por otros cultos y otras filosofías, como la platónica. Los primeros Padres de la Iglesia, también conocidos como “apologetas”, entre los que destacan Tertuliano, Orígenes o san Agustín, se dedicaron a combatir estas tendencias, estableciendo el primer cuerpo doctrinal cristiano.

Aunque la fuente de inspiración primordial de las doctrinas cristianas fueron los evangelios, también hay que señalar la importante presencia de otras corrientes y filosofías antiguas, destacando primordialmente la griega.

Tanto san Agustín como Orígenes se ayudaron de la metafísica de Platón para comprender el contenido cabal de la Biblia, y, posteriormente, en la alta edad media, santo Tomás de Aquino hizo uso de la metafísica de Aristóteles para interpretar los principales dogmas cristianos.

Esto no debe entenderse como una mistificación de las ideas originales del cristianismo, ya que la propia religión cristiana asumió dentro de sí un gran número de ideas que ya eran célebres en la época y las adaptó a un nuevo paradigma, que estaba representado por la llegada del Cristo redentor.

En cualquier caso, el cristianismo se caracterizó por la rápida institución de un cuerpo dogmático que ha permanecido prácticamente invariable a lo largo de los siglos, a pesar de los diversos concilios celebrados y de las distintas modernizaciones de las que ha sido objeto la fe cristiana.

La universalidad del dogma cristiano

Según los estudiosos de la religión, una de las razones que condujeron al triunfo del cristianismo en todo el mundo fue su carácter universal. Frente a otras religiones mayoritarias, como el islam o el judaísmo, la religión de Cristo es para todos los hombres, y no sólo para un pueblo elegido.

Así, la doctrina cristiana debía ser lo suficientemente flexible como para dar cuenta de todas las circunstancias políticas y sociales. Sin embargo, esto suponía también que la religión cristiana podía prestarse con facilidad a falsas interpretaciones y a usos interesados.

Por ello, desde un punto de vista dogmático, el cristianismo se caracteriza por la máxima universalidad de sus conceptos y la máxima rigidez en su cumplimiento e interpretación, de tal modo que se emplean conceptos como el de “Dios”, “Padre”, “amor” o “pecado” dentro de unos márgenes muy concretos que se pueden aplicar a las más diversas circunstancias.

La universalidad del cristianismo ha hecho necesaria la creación de una figura central dentro del clero, un sacerdote supremo que sea en último término la cabeza visible de la Iglesia. El papado sólo surgió de una manera concreta e histórica cuando la religión empezó a extenderse y a diversificarse. No en vano, se suele considerar que hasta el siglo XII, aproximadamente, no se creó la figura del papa católico romano tal y como lo entendemos hoy día.

Por otra parte, este universalismo de la religión cristiana también se ha basado en la comprensión del culto como una realidad social y pública. Mientras otras religiones antiguas diferenciaban entre un culto público y un culto privado, el cristianismo no hace distinciones o categorías entre los creyentes, que son todos iguales.

Esta democracia religiosa ha hecho que el cristianismo se convierta en la religión del pueblo. Los pobres se ven amparados por un credo que los equipara con los ricos en lo que se refiere a derechos. Sin embargo, esto no implica que los sectores adinerados de la sociedad no puedan apoyarse en la fe cristiana para entender sus riquezas como una forma de salvación o de gracia. Un ejemplo de esto es el calvinismo, una forma de cristianismo que entiende que el éxito en las empresas implica que se está en posesión de la gracia de Dios.

Los contenidos del cristianismo

Aunque pueden variar dependiendo de la Iglesia que los interprete, el cristianismo cuenta con una serie de dogmas elementales que se han mantenido intocados a lo largo de la historia. Estos dogmas han sido enunciados de forma explícita o implícita, pero constituyen, en cualquier caso, la identidad del cristianismo en tanto que tal.

Los cristianos creen en primer lugar en la existencia de un solo Dios todopoderoso e infinitamente bueno, que es el creador del cielo y de la tierra. Este dios habría creado a los hombres a su imagen y semejanza, reservando para ellos un paraíso en el que vivirían en paz y en armonía.

Sin embargo, dentro del cristianismo también se considera la existencia de lo absolutamente malo, del demonio, que es un ángel caído que ha traicionado a Dios y que es capaz de corromper la naturaleza del hombre.

Así, el demonio tienta al hombre y lo hace cometer el pecado original, que consiste, según el Antiguo testamento, en comer del árbol prohibido, lo que supone desobedecer a Dios. Este pecado original implica la expulsión del hombre del paraíso, y el inicio del mundo y de la historia.

La vida terrenal humana, según el cristianismo y el judaísmo, está determinada por el error, el pecado, la decadencia y el sufrimiento. Sin embargo, Dios vuelve en auxilio de los hombres y establece un pacto con ellos a través de los “diez mandamientos” que le entrega a Moisés en el monte Sinaí. Estos diez mandamientos constituyen un código de conducta, una moral que le permitirá al pueblo elegido escapar de la condenación.

Hasta aquí, el cristianismo es prácticamente idéntico al judaísmo, que considera que el hebreo es el pueblo elegido. Sin embargo, el nacimiento, la vida y la muerte de Jesucristo es la que viene a fundar el verdadero sentido del cristianismo.

Según el Nuevo testamento, que es rechazado por el judaísmo como texto sagrado, el Dios cristiano, que es absolutamente misericordioso, mandó a su hijo, Jesús, para que salvase a los hombres del pecado, para redimirlos del pecado original y para traer a la tierra el reino de los cielos.

Así, Jesús no es un simple profeta, tan habituales en aquella época; Cristo es el mismo Dios hecho carne, que vive entre los hombres para llevarles un nuevo mensaje: el de la redención. Para ello el Mesías elige a unos apóstoles y predica la palabra de Dios para luego morir en la cruz, símbolo del cristianismo.

Antes de morir y resucitar Cristo hace la primera eucaristía, la última cena, en la que convierte su carne en pan y su sangre en vino, dándosela a los apóstoles como símbolo de la alianza entre Dios y los hombres y del perdón de los pecados.

De esta manera nace la iglesia cristiana y todos sus sacramentos, que implican una renovación de los votos establecidos entre Dios y los hombres, así como el reconocimiento de unas verdades de fe, como la del carácter trinitario de Dios (éste es a la vez Padre, Hijo y Espíritu Santo).

Todos estos hechos aparecen recogidos en la Biblia, libro fundacional del cristianismo, y fueron interpretados de una manera ortodoxa a partir de la labor de los primeros exégetas cristianos, también conocidos como Padres de la Iglesia.

A pesar del transcurso de los siglos estos hechos y dogmas han permanecido prácticamente inalterados, aunque el surgimiento de distintas iglesias alrededor de la figura de Cristo ha conducido a la adopción de diferentes sacramentos, que pueden ir desde los siete de la Iglesia católica hasta los dos del protestantismo original.

El cristianismo en la actualidad

El cristianismo, a pesar de todas las escisiones que se han ido produciendo a lo largo de la historia, constituye hoy por hoy la expresión religiosa más determinante del mundo. La rígida institucionalización de la fe cristiana a partir de creación de la Iglesia ha permitido mantener intacta la universalidad del dogma.

En la actualidad, el cristianismo tiene que hacer frente a un gran número de contratiempos de todo tipo, como el desarrollo de una ciencia que cuestiona la realidad religiosa o como el nacimiento de una sociedad absolutamente laica que propone nuevos modelos familiares al margen de la realidad religiosa.

Sin embargo, desde los inicios del siglo XX todos los esfuerzos de las distintas iglesias cristianas han estado dirigidos hacia la modernización de un credo que sigue fundamentando su identidad en la figura de Cristo y en la existencia de un juicio final, que basa su esencia tanto en la existencia de unos textos sagrados y unas realidades históricas, como en el reconocimiento de una serie de milagros, que implican la actuación directa de Dios en el mundo de los hombres.

El mayor reto al que se enfrenta el cristianismo en la actualidad es el del enfrentamiento con otras religiones monoteístas, como el islam. Nunca como hasta ahora se había comprendido el fenómeno religioso con tal radicalidad. Sin embargo, según la mayor parte de los estudiosos de la religión, parece que la verdadera razón que se esconde tras el enfrentamiento entre las distintas formas de monoteísmo no responde tanto a la naturaleza sagrada de las religiones como a su interpretación y a su uso político.



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