Filosofía de la naturaleza

Se llama filosofía de la naturaleza a la rama de la filosofía que se dedica a estudiar los fenómenos que son comprendidos o caracterizados como naturales, que pueden abarcar desde el movimiento hasta la composición de las cosas que integran la realidad, pasando por el cosmos o incluso el cuerpo humano.

Si bien los primeros filósofos de la naturaleza pertenecen a la cultura griega clásica, el concepto como tal no empezó a emplearse hasta la modernidad, cuando quiso distinguirse entre la perspectiva presuntamente objetiva y material desde la que los científicos positivos entendían la realidad y la perspectiva más amplia, que comprende la metafísica, desde la que entendían el mundo los filósofos.

De esta manera, la filosofía de la naturaleza nació con los primeros filósofos presocráticos griegos, y se ha centrado en el estudio del origen del movimiento, el principio de la vida o la relación entre las distintas sustancias que componen el universo.

Sin embargo, a medida que las culturas evolucionaron y los científicos experimentales se independizaron de la filosofía, el estudio de lo natural se convirtió en un asunto casi exclusivo de las ciencias positivas, sobre todo cuando, a partir del siglo XIX, comenzaron a surgir teorías que por sí mismas eran tan metafísicas como las propuestas siglos atrás por los estoicos o los atomistas.

En cualquier caso, se suelen distinguir tres vertientes fundamentales dentro de la filosofía de la naturaleza, cada una de las cuales identifica su objeto de estudio a partir de cómo se considere que es lo natural.

La naturaleza como el principio de la vida.

Esta formulación del objeto de la filosofía de la naturaleza es el más original, y se halla presente en el pensamiento de los filósofos presocráticos, quienes trataron de hallar el origen de la existencia en algún elemento natural.

Tales de Mileto pensaba que el agua constituía el origen de la vida, el arché, y aún asumía la existencia de una serie de dioses procedentes de la mitología griega que se mezclaban con lo puramente físico. Anaximandro, por su parte, prefirió hablar de un principio de lo natural que a su vez no era natural, que no se hallaba presente, y que se caracterizaba por su carácter informe e indeterminado. El pensador griego llamó a este principio apeiron.

Anaxímenes volvió a hablar de un elemento natural como el origen de todo lo existente, refiriéndose al aire, y Heráclito prefirió hablar del fuego, de la polémica, de la lucha de contrarios como el principio de la vida.

Sin embargo, después del pensamiento de Heráclito la filosofía de la naturaleza dio paso a una visión más metafísica de la naturaleza, que originó un nuevo periodo dentro de la filosofía clásica en el que se consideraba que lo que realmente había que estudiar no era el mundo natural, sino los principios metafísicos.

Así, los pitagóricos, la escuela eleática y finalmente Platón despreciaron el estudio del mundo físico, ya que consideraban que la ciencia no debía perderse en el análisis de unas realidades que no eran sustantes como lo son los números o la geometría, que cambian y no se muestran fieles a su ser.

De esta manera, hubo que esperar a la irrupción del pensamiento de Aristóteles para que la filosofía de la naturaleza alcanzase todo su esplendor.

Según Aristóteles, la naturaleza se puede definir como aquello que propicia la vida, el movimiento y el reposo a partir de unas leyes necesarias. Si las obras de los hombres son contingentes, están sujetas al cambio, las de la naturaleza son completamente necesarias, en el sentido en que no pueden ser de otra manera y responden a un plan perfecto.

Por otra parte, si los autores presocráticos identificaron la naturaleza con la materia, Aristóteles fue más allá y definió lo natural como la forma de la materia, como aquello que hace que las cosas sean lo que son. De esta manera, la naturaleza es un impulso que lleva a que las cosas alcancen su perfección gracias al cambio y al movimiento.

En este sentido, la naturaleza no sólo supone el origen de las cosas, sino también su perfección, la finalidad hacia la que deben dirigirse.

Esta distinción entre la naturaleza como causa y la naturaleza como sustancia tuvo una gran repercusión en la edad media, que adecuó la filosofía de la naturaleza aristotélica a los principios metafísicos propios del pensamiento cristiano.

Así, se dejó de identificar a la naturaleza con el principio creador y se pasó a hablar de naturaleza creada, que necesita de una causa externa para ser, que no es otra que Dios.

Sin embargo, el Renacimiento, que quiso dar la espalda a todos los principios propios del medievo, recuperó la filosofía de la naturaleza clásica y descubrió de nuevo en la naturaleza misma el principio de todo lo existente.

El naturalismo moderno se aprecia no sólo en el amor por la fisonomía humana, el sexo o por los espectáculos que ofrece la naturaleza, sino también, y sobre todo, por el amor al propio individuo, que es redescubierto como el hijo natural de la espontaneidad natural de la existencia.

El culmen de esta concepción de la naturaleza se halla en el pensador moderno Baruch Spinoza, quien identificó a Dios con el mundo mismo, con lo natural, y preparó así el camino hacia la filosofía de la naturaleza romántica e idealista.

La naturaleza como principio del orden.

Si los primeros filósofos de la naturaleza griegos hablaron del origen de la vida, también quisieron ver en él el principio del orden y la armonía. El que lo natural mostrase unos comportamientos cíclicos y regulares significaba que estaba regido por unas leyes perfectas, que no cambiaban.

Los estoicos afirmaron en este sentido que existe una ley natural, a la que deben plegarse los hombres.

Posteriormente, si la edad media hizo depender este orden de la omnipotencia de Dios, a partir del Renacimiento se recuperó el pensamiento clásico griego y se mezcló el interés por el estudio de la naturaleza con las teorías platónicas y pitagóricas que afirmaban que el orden que se podía observar en la naturaleza respondía a unos modelos matemáticos y geométricos que residían en un orden metafísico.

Fue en este preciso instante cuando Copérnico primero y Kepler y Galileo después empezaron a desarrollar la revolución de la ciencia experimental que llevó a la filosofía de la naturaleza hasta la contemporaneidad.

Tanto estos primeros científicos modernos como Isaac Newton empezaron a entender la naturaleza como un fenómeno que siempre actuaba a partir de unas leyes matemáticas que se podían conocer gracias a la aplicación de unos métodos racionales.

Sin embargo, en esta concepción de la naturaleza como orden se dejó de lado el finalismo aristotélico, tan típico en la primera formulación de la filosofía de la naturaleza.

Ya no se trataba de saber cuál era la naturaleza de las cosas en su sentido metafísico, de saber cuál era la sustancia del mundo o el sentido de los sucesos naturales; a partir de la modernidad se comprende el estudio del mundo como el análisis del comportamiento de las cosas en tanto que tales, al margen de su esencia o su finalidad.

Este positivismo supuso un cambio radical de paradigma, e hizo que la ciencia se independizase, en gran medida, de la filosofía.

Los científicos experimentales eran capaces de adelantarse al comportamiento de las cosas porque se limitaban a saber cuánto medían, cuánto pesaban o de qué estaban hechas, no qué relación guardaban con Dios o con el principio de la existencia.

El propio Kantadoptó esta formulación de la naturaleza como orden, como ley necesaria, y quiso extrapolar el método de las ciencias experimentales y positivas al estudio del entendimiento humano, llegando a la conclusión de que lo natural se podía definir como un conjunto de leyes necesarias que regulan el comportamiento de todo lo existente.

Este principio, aplicado al entendimiento humano, significaba que el sujeto trascendental estaba integrado por unas categorías a priori que determinaban la manera en la que el hombre se comportaba y conocía.

La naturaleza como la manifestación de un principio espiritual.

Sin embargo, si la ciencia se terminó decantando por el estudio material y positivo de la naturaleza comprendida como orden perfecto, de manera paralela se desarrollaron una serie de teorías que quisieron ver en lo natural una contrapartida de los principios espirituales que dan sentido a la existencia.

Así, ya Plotino habló de cómo la naturaleza era una excrecencia espiritual, una versión pobre y corrompida de unos principios espirituales perfectos que los hombres veían reflejados en la materia, la más pobre expresión de una naturaleza espiritual universal.

Esta idea, que fue combatida durante todo el medievo por los escolásticos, fue recuperada y ampliada por los filósofos idealistas y los artistas románticos, que vieron el mundo natural como una expresión de lo divino.

Hegel, por ejemplo, decía que la naturaleza era la idea en su vertiente externa, la idea temporalmente enajenada, lo que hacía que la despreciase. Sin embargo, otros autores idealistas, como su colega Schelling, descubrieron en ella la huella de lo sagrado, y elaboraron la primera filosofía de la naturaleza como tal.

Según Schelling, el Absoluto, que es la versión más perfecta de la espiritualidad, se manifiesta a los hombres a través de la naturaleza, por lo que ésta no debe ser entendida como la exterioridad de lo divino ni como una mera excrescencia de lo espiritual.

El hombre mismo, continúa Schelling, es el resultado de un proceso natural en el que la reflexión se va abriendo paso poco a poco en la materia. En otras palabras: el hombre es los ojos de la naturaleza, y gracias a ellos el espíritu es capaz de reconocerse en el mundo.

Aunque la posteridad optó por adoptar la consideración peyorativa hegeliana de lo natural, a principios del siglo XX surgió una de las filosofías que mejor supo hacerse eco de las relaciones entre la naturaleza y lo espiritual.

Henri Bergson supone en este sentido un retorno a muchos de los planteamientos ya anunciados por Schelling, ya que entiende que el proceso evolutivo natural tiene como fin hacer presente al espíritu en el mundo.

La evolución no es un mero proceso material que lleva a la supervivencia del más fuerte, tal y como sostenía Darwin, sino que es una evolución creadora, en el que siempre hay un plus, un nuevo carácter que no está condicionado por lo material sino que surge directamente de la espontaneidad de la vida, de su origen espiritual.

Así, desde los seres vivos más simples hasta la irrupción del hombre y la conciencia la naturaleza ha ido dejando paso a la espiritualidad, ha promocionado su desarrollo.

En cualquier caso, estas tres posturas ante lo natural fueron finalmente suplantadas por la visión objetiva, positiva y palmaria de los científicos experimentales y los teóricos no filosóficos.

El estudio de la naturaleza desde un punto de vista filosófico parece carecer de sentido cuando las propias teorías científicas plantean, por sí mismas, los problemas metafísicos más profundos y urgentes que se puedan imaginar.

La teoría de la relatividad o la física cuántica recogen, de forma consciente o inconsciente, muchos de los dilemas de los antiguos filósofos de la naturaleza, y teorías como la del Big Bang son capaces de generar cuestiones tan radicales como las que pudieron proponer en su momento los filósofos escolásticos.

Por ejemplo, según esta última teoría, el universo se expande desde que surgió a partir de un estallido; sin embargo, ¿sobre qué se desplaza el universo?, ¿qué había antes de ese estallido?, ¿qué fue lo que lo originó?

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