Filosofía del arte

Se llama filosofía del arte a la rama de la filosofía que se dedica al estudio del arte desde un punto de vista trascendental, absolutamente general, lo que supone el análisis no sólo de la actividad artística moderna, sino también una comprensión de la relación entre la actividad humana y la realidad o la función de la obra artística.

La filosofía del arte en Grecia

Las teorías filosóficas acerca del arte son tan antiguas como la propia filosofía, y tienen su origen en el mundo griego, donde se llamaba al arte techné. Posteriormente, los romanos heredaron el concepto, que tradujeron como ars.

Para la cultura helena, el arte consistía en la habilidad para desarrollar una actividad cualquiera a partir de unas reglas determinadas, que podían ser aprendidas por cualquier persona que estuviese dotada de cierta pericia.



Así, el arte no era comprendido a partir de los productos que actualmente son concebidos como artísticos, sino desde la perspectiva de la actividad humana en su conjunto; de tal modo que tanto arte había en la realización de una escultura como en la creación de una teoría geométrica.

La filosofía del arte de Platón giraba alrededor del concepto de acción esencialmente humana. Lo artístico era aquello que distinguía la creatividad del hombre de las determinaciones de la naturaleza, destacando por encima de todas las formas de expresión artística la del razonamiento. Así, también era arte para Platón conocer, discutir, la política, la ciencia o la guerra, ya que aquél consistía para él en toda actividad humana ordenada a partir de unas reglas concretas.

Aristóteles siguió, en cierta medida, las posturas de Platón, aunque introdujo ciertas innovaciones en su consideración de la actividad artística.

Para el filósofo que escribió la Poética, el arte consiste en el hábito de producir una cosa cualquiera a partir de unas reglas y del dominio de la razón.

Así, Aristóteles restringió notablemente el alcance de la actividad artística al hacer una distinción decisiva entre el ámbito de lo posible y el ámbito de lo necesario. Por tanto, la ciencia, que Platón situaba junto a otras formas artísticas, no es arte para Aristóteles porque se mueve dentro del mundo de lo necesario, de lo que no admite otras posibilidades, y en consecuencia no puede ser producido como si se tratase de un objeto artístico cualquiera.

 

De esta forma, Aristóteles distinguía como actividades artísticas la retórica, la poética, la medicina o incluso la arquitectura; pero no las matemáticas o la física.

El pensador griego señaló además la naturaleza imitativa del arte, de tal forma que su función era la de imitar el aspecto o la esencia de las cosas.

La filosofía del arte de Aristóteles es una de las más determinantes de la historia del pensamiento, ya que la interpretación de su Poética transformó radicalmente la visión que el Renacimiento tuvo de la actividad artística.

La filosofía del arte en la edad media

Una de las contribuciones más importantes de la edad media a la filosofía del arte fue la distinción entre las artes liberales y las artes mecánicas, que tienen su origen en la consideración aristotélica del trabajo físico como actividad propia de esclavos.

A través de esta diferenciación se situaban en un extremo todas aquellas actividades humanas productivas que requerían de esfuerzo material, artes mecánicas. En el otro extremo, aquellas producciones del hombre que estaban basadas en el empleo exclusivo de la razón o el alma.

Según Varrón, que recogió esta distinción crucial, las artes liberales eran nueve: gramática, retórica, aritmética, lógica, arquitectura, medicina, geometría, astronomía y música. Posteriormente el número de artes liberales fue reducido a siete, debido a la concepción del hombre como ser dotado de alma, de tal forma que se eliminaron aquellas actividades que no eran apropiadas para una realidad estrictamente espiritual.

Así, la edad media terminó señalando como artes liberales la gramática, la retórica, la lógica, la aritmética, la geometría, la astronomía y la música, esta última comprendida como teoría de la armonía.

Santo Tomás de Aquino recogió esta distinción y habló de artes serviles y artes liberales. Con “serviles” hacía referencia a las actividades físicas en tanto que actividades que dependían de la soberanía del alma o de la razón, que dirigía su proceder.

Sin embargo, aun basándose en una distinción elemental, la edad media llamaba arte, tanto a lo que era un producto del ingenio y la razón, como a lo que sólo era resultado del esfuerzo mecánico y físico.

La filosofía del arte en la edad moderna

A partir del Renacimiento, el concepto de arte sufrió una metamorfosis definitiva. El establecimiento de un nuevo paradigma filosófico, religioso, económico y cultural, unido a la lectura crítica de la Poética de Aristóteles, condujo a la consideración de la actividad artística desde una perspectiva estética, condicionada por la belleza.

Los pintores, los escultores, poetas o músicos trataron de diferenciarse de los artesanos y de los científicos destacando cómo lo que ellos producían era belleza.

Por otra parte, comenzaron a surgir teorías que identificaban la actividad artística con el diseño mental de aquello que se iba a producir mediante la técnica. Así, Giorgio Vasili señaló en el siglo XVI que el valor del arte, entendido como producción de belleza, radicaba en que todo partía de la mente del artista, no del esfuerzo físico.

A mediados del siglo XVIII, Charles Batteux creó el concepto de bellas artes, con el que hacía referencia a la pintura, la escultura, la música, la poesía, la danza, la arquitectura y la retórica.

Estas artes se diferenciaban de las otras en que su función era la de generar el sentimiento de belleza en el espectador, frente a otras producciones humanas que sólo pretendían ser útiles para unos fines concretos.

Así, el concepto de bellas artes nació unido a la vieja teoría que apuntaba la distinción entre las artes liberales y las artes serviles.

Immanuel Kant, por ejemplo, retomó estas ideas al hablar del arte mecánico, el que es útil, y del arte estético, el que está concebido a partir de la idea de belleza. No en vano, el mismo pensador ilustrado se encargó de desarrollar la obra más representativa de la filosofía del arte y de la estética de la modernidad, que es la Crítica del juicio.

A partir de la obra de Batteaux se empezó a identificar el arte con las bellas artes, dejando a un lado las artes mecánicas. Se llegó incluso a diferenciar entre las obras literarias y las producciones pertenecientes a las bellas artes.

La filosofía del arte alcanzó en el siglo XIX su máximo esplendor, gracias en gran medida al desarrollo del romanticismo y el idealismo.

Schelling, Schopenhauer o incluso Nietzsche trataron la creación artística desde una perspectiva ontológica, que iba más allá de lo meramente estético o sensible.

Para los románticos, como Novalis, el arte era el medio para alcanzar la esencia de las cosas, mientras que para Arthur Schopenhauer constituía la única manera de escapar al sufrimiento del mundo a través de la negación de las representaciones racionales.

Friedrich Nietzsche, por su parte, comprendía el arte como una acción que situaba al hombre ante la esencia trágica del mundo, que era capaz de transformar la existencia.

La filosofía del arte en la contemporaneidad

Sin embargo, el desarrollo indiscriminado de nuevas formas artísticas a partir de los inicios del siglo XX cuestionó de raíz el viejo concepto de arte como expresión de la belleza.

El cine o el cómic, que actualmente son formas de arte tan válidas como la pintura o la escultura, hacen uso de medios mecánicos y no por ello dejan de ser arte.

Por otro lado, el arte vanguardista de determinados autores contemporáneos expresan todo menos belleza.

Una de las obras más relevantes dentro de la filosofía del arte es la desarrollada por el filósofo español José Ortega y Gasset. El pensador madrileño señaló cómo lo artístico había sido irremediablemente transformado desde el momento en el que los artistas pidieron para sí la autonomía absoluta para expresar lo que considerasen oportuno.

Si la modernidad se había caracterizado por emplear el arte como imitación de la verdad o de las ideas, el artista contemporáneo reclama una expresión autónoma, quiere crear desde la nada y no imitar.

Según Ortega y Gasset, esta autonomía radical del arte supone el divorcio entre el artista y el público, que no entiende lo que los autores pretenden expresar.

Esto ha hecho que muchos teóricos del arte comiencen a entender el arte no como producción de belleza, sino como expresión perfecta de mundos subjetivos.

La función del arte

Uno de los aspectos del arte más estudiados por la filosofía es el referido a su función. Así, dependiendo de la concepción que se tenga del hombre y de su relación con el mundo, se puede observar cómo cada época ha querido comprender esta función de una manera distinta.

El arte como imitación. Se trata de la concepción más extendida de la función del arte hasta bien entrada la modernidad. Aristóteles fue uno de los primeros pensadores que mejor supo expresarla, y consiste en la afirmación de que el arte debe apuntar a la imitación de la naturaleza o de las ideas.

Se halla presente en la mayor parte del arte realista, e implica, en gran medida, una supeditación de la labor artística al mundo de la ciencia.

Así, arte imitativo es, por ejemplo, el de Fidias, Mirón o Praxíteles.

El arte como creación y como acción. Según la perspectiva romántica, el arte no debe limitarse a reproducir lo que ya se halla presente en el mundo, sino que además debe generar nuevas realidades a través de la intuición de la verdad y de las esencias.

Es el caso de la filosofía del arte de Friedrich Nietzsche, que escapa a lo puramente estético para convertirse en una forma de acción que incide directamente en la realidad para transformarla.

El arte como expresión. Es una de las teorías más actuales, ya que se ajusta mejor que ninguna otra a la realidad artística de las vanguardias.

Según esta perspectiva, el arte tiene como fin dar expresión perfecta a la subjetividad de los artistas, sea ésta bella o fea.

Las obras de Francis Bacon, por ejemplo, no son bellas, y basan su identidad artística en su capacidad para expresar unas ideas, unos conceptos o unas impresiones completamente subjetivas.

El arte como pedagogía. Se trata de una de las ideas más antiguas en torno a la función del arte, ya que se halla presente en el pensamiento de Platón.

Para el filósofo ateniense, el arte sólo debe dedicarse a comunicar aquellas realidades que son beneficiosas para el desarrollo moral del individuo, mientras que se deben desterrar todas aquellas formas expresivas que alienten una forma de vida incorrecta.

Esta es la razón por la que Platón expulsó a los poetas de la polis griega, ya que consideraba que el arte imitativo no hacía sino reproducir el aspecto de lo aparente, de lo que era contrario a la verdad.

El arte como propaganda. El arte también puede servir para embellecer o hacer llegar las ideas de un producto o un sistema político.

Un ejemplo de esto es el arte desarrollado en la Rusia comunista, que sólo era válido siempre y cuando expresase los ideales que mantenía vigentes el gobierno.

El arte como entretenimiento. Por último, cabe hablar de una función que destaca por encima de todas las demás en la actualidad, que es aquella según la cual la única función que tiene el arte es la de entretener.

Esta perspectiva de la actividad artística es propia de las democracias contemporáneas, y exige de las expresiones estéticas un nivel expresivo mediano, que sea accesible para la mayor parte de las personas.

El arte entendido como forma de entretenimiento se opone al arte como creación o al arte como expresión, ya que pide al artista que abandone su propia subjetividad para considerar la de los demás. De esta forma, supone, en gran medida, una banalización de la esencia del arte.