Filosofía

El concepto de filosofía hace referencia a un gran número de realidades distintas. Al tratarse de una ciencia o una forma de saber tan compleja, tan arraigada en la cultura humana, cada periodo y cada autor ha querido presentar su propia forma de comprenderla y formularla. Sin embargo, esto no impide que se puedan encontrar una serie de constantes a su base.

Así, tanto para Platón como para René Descartes se trata de un uso general, abstracto y total del saber en favor del hombre, atendiendo a sus necesidades y a sus expectativas. En consecuencia, la filosofía va ligada necesariamente a la sabiduría, y su concepción depende de la manera en la que cada circunstancia entiende lo útil y lo sabio.

También es posible hallar definiciones de la filosofía como crítica, como sucede en el pensamiento de Immanuel Kant, Friedrich Nietzsche o Ludwig Wittgenstein. Sin embargo, aun dentro de esta perspectiva, la crítica filosófica tiene como fin servir al hombre a través de la limpieza del saber.



Por tanto, para entender el significado y el alcance cabal del filosofar, es necesario centrarse en dos realidades: la del saber y la de la utilidad del pensamiento para el hombre. Como es lógico, las distintas escuelas filosóficas han comprendido estos dos aspectos dentro de unas circunstancias y unas perspectivas peculiares.

La naturaleza del saber

El saber divino

Para muchos autores, el origen de la filosofía como estudio del saber se halla en los movimientos religiosos y esotéricos griegos del primer milenio a.C. Los ritos órficos, por ejemplo, trataban de acceder a unas verdades eternas, reveladas y divinas a través de una disciplina y unas formulaciones filosóficas.

Así, la filosofía revelada no pretende tanto avanzar dentro del mundo del saber como de desvelar a través del pensamiento las verdades religiosas. El pensamiento oriental, por ejemplo, es muy dado a esta concepción de la filosofía. El budismo o el hinduismo hacen corresponder la sabiduría con la santidad, y la misión del pensamiento es la de salvar a la humanidad mediante el ejercicio de un conjunto de hábitos filosóficos.

En Occidente es habitual encontrar este tipo de filosofía entre las escuelas cristianas. Los gnósticos o los neoplatónicos, a principios de la era cristiana, intentaban fundir el pensamiento de Platón con los primeros dogmas de la religión católica.

Aunque más célebres son las propuestas de la escolástica, ejemplo paradigmático de filosofía, entendida como saber divino. Así, Santo Tomás de Aquino consideraba que el saber podía regirse por sí mismo, que era necesario usar el entendimiento para conocer todo lo real, pero siempre bajo los auspicios de las verdades reveladas. La filosofía, en este sentido, no es sino el cultivo del saber dentro de los límites establecidos por la fe, y su función es la de demostrar racionalmente lo que ya se ha asumido desde un punto de vista religioso.

De esta manera, se entiende que las distintas escolásticas tienen como objeto preservar las tradiciones, y no criticar, o poner en duda, lo que ya se sabe.

El saber como producto humano

Para el pensamiento occidental, que hunde sus raíces en determinados autores antiguos, el saber no se debe en absoluto a entes sagrados, sino a la misma naturaleza humana, a su forma de ser, a su carácter racional.

Para Aristóteles o para René Descartes, el filosofar es una disciplina consustancial a la esencia humana, puesto que supone la culminación de su naturaleza racional; y ya no se trata de demostrar las verdades de fe, sino de poner en duda la verdad, clarificar el alcance de las ciencias y establecer una jerarquía entre los saberes.

Esta forma de filosofía, que es la más habitual en la historia del pensamiento occidental, halla su origen en Grecia. Si bien los primeros pensadores procedían de escuelas esotéricas que mantenían fuertes lazos con la religión, a partir del siglo IV a.C., la filosofía comenzó a independizarse de los mitos sagrados para hacer uso de su autonomía, basada en unos métodos y en unos conceptos propios.

Se trata de lo que la tradición ha convenido en llamar el paso del mito al logos; o lo que es lo mismo: el paso de considerar la sabiduría como una forma de revelación a entenderla como un producto racional, que todos los hombres pueden desarrollar a través de un método y unos conceptos científicos.

A este respecto, Platón escribió que la filosofía se movía entre la ignorancia de la opinión, de la superstición y la verdad de los dioses, que simplemente saben. Así, filosofar implica investigar sin descanso, no quedarse en la ignorancia pero tampoco contentarse con lo que se sabe. No en vano, los primeros escépticos, que fueron contemporáneos del pensador ateniense, basaban su vida en la búsqueda sin fin.

La utilidad del saber

Para conocer realmente cuál es la esencia de la filosofía, también es necesario conocer cuál es la función de ese saber, a qué se dedica realmente el filosofar y qué relación mantiene con las otras ciencias.

Es posible encontrar tres respuestas a esta cuestión:

La filosofía es la única forma de saber válido

Las demás ciencias sólo sirven como preámbulo a ella. Esta caracterización del pensamiento es la habitual dentro de la metafísica, según la cual el filósofo se halla a la cabeza de cualquier forma de conocimiento. Así, la filosofía es entendida como ciencia primera o como ciencia del ser, de la que dependen todas las disciplinas particulares.

Esta forma de entender el pensamiento se halla presente en toda la filosofía antigua y medieval, además de en algunos autores modernos como Descartes. Sin embargo, fueron sobre todo Platón y Aristóteles los que inauguraron e hicieron célebre la metafísica como base del saber universal.

La filosofía es el saber sobre los saberes

No es la única forma de conocimiento, pero sí tiene una relevancia especial porque se dedica a coordinar los esfuerzos de las ciencias particulares.

Por ejemplo, según Francis Bacon, la filosofía tiene la función de darle a las ciencias experimentales su método y su coherencia, que ellas mismas no pueden obtener puesto que viven volcadas en sus objetos de estudio, que son limitados y circunstanciales.

La misma postura se puede hallar en el pensamiento de la mayor parte de los pensadores positivistas y empiristas, como John Locke o David Hume, que dan una gran relevancia a los estudios científicos y a las verdades que se derivan de ellos.

La filosofía legitima el conocimiento

Esta postura se diferencia de la anterior en que no se trata tanto de coordinar los resultados de los estudios particulares como de definir con precisión cuáles son las bases de cualquier forma de saber y de conocimiento.

Esta filosofía, a la que se llama crítica, encuentra en la obra de Immanuel Kant su máxima expresión. Para el pensador alemán, filosofar consiste en determinar los límites entre los que se pueden mover las distintas ciencias.

Así, por ejemplo, para que una verdad sea científica, ésta debe partir inevitablemente de la experiencia, de los datos que se obtienen a través de los sentidos, para luego transformarlos a través de las estructuras elementales y universales del entendimiento humano.

El hombre y el saber

Ahora bien, el saber repercute inevitablemente en la vida del hombre y, dependiendo de la manera en la que le influye, se puede hablar de dos tipos de filosofía: aquella que prepara al hombre para asumir una nueva realidad a partir de una actividad pasiva, y aquella que entiende que el hombre debe actuar sobre la realidad amoldándola a sus deseos y a sus necesidades.

La filosofía como salvación

Dentro del pensamiento oriental es habitual entender el pensamiento como una preparación para la salvación en este mundo. Así, se plantea la existencia como sufrimiento sin fin, y la filosofía como el medio para escapar a los males inherentes a la vida.

En Grecia también es posible hallar esta forma de filosofía, que parte de la contemplación frente a la acción. Pensar es para los pitagóricos acceder a lo divino, presenciar las esencias, mantenerse al margen de la realidad, que está llena de fragmentos, circunstancias, accidentes y cosas que carecen de valor esencial.

Para los pensadores religiosos sucede un tanto de lo mismo, y el fin del pensamiento es llevar al hombre a la visión de Dios; mientras que para los espiritualistas modernos la materia es una excusa para llegar a la contemplación de lo divino.

La suma de todas estas ideas se puede encontrar en la obra del pensador alemán del siglo XIX Arthur Schopenhauer, quien planteaba que el único fin del saber es demostrar que el mundo es un error del que hay que escapar mediante la suspensión del pensamiento. La contemplación de las ideas, escribía el pensador de Danzig, permite descubrir la esencia caótica de la realidad, y que el único modo de acabar con el sufrimiento de la vida es desaparecer.

La filosofía como acción

Sin embargo, la forma típicamente occidental de concebir la filosofía se basa en la propuesta del saber como herramienta para transformar el mundo. Así, Platón, que es en muchos sentidos el padre de Occidente, plantea la filosofía como una forma de saber dirigido, en último término, a la elaboración de una ética y una política. Según el ateniense, es el sabio, el filósofo, el que debe gobernar la polis; y es la razón la que debe domeñar el cuerpo.

Después de que los pensadores escolásticos trataran de imponer la filosofía como contemplación, el Renacimiento retomó esta propuesta platónica, y la acentuó al unir sus esfuerzos a los del Estado moderno emergente y a los de las ciencias experimentales, que gracias a Nicolás Copérnico se había independizado de las opiniones religiosas.

René Descartes, Francis Bacon, Thomas Hobbes o Immanuel Kant comprendieron que la filosofía y el saber eran en realidad una herramienta preciada que podía y debía transformar el destino de los hombres al margen de los designios de Dios.

De la consideración y la aprehensión de las esencias y las ideas se tiene que derivar forzosamente una técnica y una moral que facilite la existencia en el mundo. Así, cuando Descartes descubre a Dios en la intimidad de la conciencia y sitúa a la razón por encima de la materia, lo que está haciendo es poner el mundo a los pies de la filosofía y el actuar humano.

Posteriormente, los autores románticos e idealistas como Herder, Johann Gottlieb Fichte y sobre todo Georg Hegel se encargaron de hacer coincidir los esfuerzos del saber con el potencial de las naciones emergentes, que debían coordinar sus ideas para transformar el mundo a través de la historia. Algunas décadas después, Karl Marx, con su comunismo, daría lugar a la expresión más perfecta de la filosofía como acción.

Sin embargo, el siglo XX vino a criticar muy duramente estas ideas, que para muchos autores, como Theodor W. Adorno, suponían la destrucción del planeta y la reducción del hombre a engranaje, a instrumento al servicio de unos ideales absolutistas y sistemáticos.

La filosofía y su método

Por último, el concepto de filosofía también viene determinado por su método. En este sentido, se puede hablar de dos corrientes opuestas dentro de la historia del pensamiento:

La filosofía y el método infinito

Según autores como Hegel, la filosofía sólo encuentra límites dentro de su propio ejercicio. Es decir, no existe ninguna ciencia ni ninguna verdad externa al saber puro que pueda decirle al filósofo dónde se hallan los objetos de su estudio o hasta dónde puede ir con su razón. Así, la filosofía descubre su método y sus objetos de estudio a medida que se va desarrollando, sin contar en principio con ninguna clase de indicio o camino.

Esta forma de concebir el método filosófico supone comprender que el saber tiene un origen no material, sino religioso o espiritual, y que, en consecuencia, debe huir de las determinaciones mundanas para hallar en su propia esencia la manera adecuada de discurrir.

La filosofía y el método analítico o finito

Sin embargo, según los pensadores positivistas, críticos y analíticos, el método de la filosofía y sus objetos de estudio sí que vienen determinados y limitados por la ciencia.

Para Kant, por ejemplo, la metafísica no es tanto una ciencia como una disciplina que se caracteriza por la libertad, mientras que para Wittgenstein y otros pensadores del lenguaje, el objeto de la filosofía es limpiar el lenguaje de errores y usos inadecuados.

De la primera forma de filosofía se deriva una realidad inhumana, puesto que se considera que filosofar está más allá de los asuntos particulares y concretos de los hombres; de la segunda se sigue que la filosofía debe ocuparse de los asuntos humanos y de los resultados de sus estudios.

Esto se encuentra vinculado además a dos maneras de acercarse al hombre y a su realidad: una primera, que se basa en la comprensión de éste a partir de su esencia, de ideas generales como humanidad, Estado, nación o espíritu; y una segunda que se centra en el hombre concreto, en el individuo que vive su existencia dentro de unas circunstancias concretas.

De esta última forma de comprender la filosofía se ha derivado el pensamiento más importante del pasado siglo, que sigue operando en gran medida en la actualidad. Los existencialistas y los personalistas como Martin Heidegger, Miguel de Unamuno, Jean-Paul Sartre o incluso José Ortega y Gasset, con su racio-vitalismo, consideran la filosofía como un saber práctico que no atiende tanto a las esencias y a las ideas abstractas como a lo particular y a lo circunstancial.

Así, la filosofía se encuentra en la actualidad en una encrucijada en la que convergen las ideas más tradicionales y abstractas con las perspectivas más modernas, que tratan de asumir la realidad humana dentro de las circunstancias más urgentes y concretas.



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