Gnoseología

A pesar de que la gnoseología sea prácticamente equiparable a la epistemología, es posible señalar sutiles diferencias que justifican su estudio por separado. Así, ambas disciplinas constituyen teorías del conocimiento que pretenden determinar cómo se puede alcanzar el saber correcto o verdadero; sin embargo, mientras la epistemología suele estar referida de forma específica al conocimiento que resulta del ejercicio de las ciencias particulares, la gnoseología o teoría del conocimiento filosófico aborda las condiciones de posibilidad del saber en general, desde un punto de vista mucho más amplio.

Sin embargo, aunque resulte paradójico, la gnoseología se define a sí misma como la disciplina que estudia los orígenes, la fundamentación, los límites y las condiciones de posibilidad del saber científico, dejando de lado la opinión u otros saberes menores. Esto es debido a que la concepción de ciencia que maneja la filosofía es mucho más amplia que la que suele considerarse desde un punto de vista vulgar.

Así, la gnoseología estudia el conocimiento que se basa en una metodología y en unas pautas objetivas, por lo que puede aplicarse tanto a una disciplina particular como la física como a una labor absolutamente general, como la metafísica.

La gnoseología se halla presente en prácticamente toda la historia de la filosofía, aunque alcanzó su apogeo hacia la modernidad, gracias a la teoría del conocimiento elaborada por Immanuel Kant

Conceptos elementales de la gnoseología

Entre los conceptos elementales de la gnoseología destacan los siguientes:

Doxa y episteme. La teoría del conocimiento parte de la distinción entre dos formas de enfrentarse al mundo, la de la ciencia, episteme, y la de la opinión, doxa. Lo verdadero y lo cierto sólo se pueden concebir dentro de la primera, que supone un método, el empleo sistemático de la razón y la objetividad. La segunda, la opinión, queda fuera de la gnoseología al moverse en lo incierto y en lo relativo.

Muchos intérpretes de la historia de la filosofía han querido ver en esta distinción el origen mismo de la disciplina, que rompe con la visión mítica e irracional del mundo para adherirse al conocimiento racional y objetivo de la realidad.

La disputa entre Sócrates y los sofistas, reflejada por Platón en sus Diálogos, no es sino la expresión más certera de esta distinción.

La relación entre el sujeto y el objeto. Todo proceso cognoscitivo se desarrolla entre dos polos: un sujeto, que es la parte que conoce; y un objeto, que es aquello que se quiere conocer. Según la perspectiva que se adopte, la importancia y el peso de cada uno de los polos que constituyen el proceso cognoscitivo pueden variar.

En el idealismo, por ejemplo, el poder del sujeto se magnificó hasta el punto de que el objeto desapareció para integrarse dentro de las facultades de aquél. Sin embargo, para los empiristas, el sujeto, la conciencia o el yo son limitados e imperfectos, y no son capaces de dar cuenta del objeto en su integridad.

La verdad. Toda la teoría del conocimiento gira en realidad en torno al concepto de verdad, que supone el reconocimiento exacto y fiel del objeto. La verdad, a grandes rasgos, se ha comprendido de tres maneras elementales a lo largo de la historia de la filosofía.

Para los realistas, como santo Tomás de Aquino, la verdad se produce cuando hay una correspondencia entre el sujeto y el objeto. Este realismo implica que la naturaleza de la mente, que quiere conocer, y la realidad, que es lo que se pretende conocer, son homogéneas.

Para los idealistas, por contra, la verdad se produce cuando el sujeto constituye el objeto. No sólo se reconoce la presunta homogeneidad entre mente y mundo, sino que además se asume que es el sujeto el que lo genera, de tal modo que, como afirmaba Hegel: “todo lo real es racional y todo lo racional es real”.

Por último, para escépticos, empiristas y relativistas, la verdad es un imposible, ya que las facultades del sujeto están limitadas, el mundo es opaco, o el saber, como señala Friedrich Nietzsche, sólo es una metáfora, un mito, una creación poética.

La evidencia. La evidencia es una versión dogmática de la verdad, y alcanzó su máximo desarrollo gracias a la obra del pensador racionalista francés René Descartes. Según su racionalismo, la mente, la conciencia, ayudada por la infalibilidad divina, es capaz de alcanzar tal grado de certeza que no se admite ninguna clase de contradicción o error.

Este concepto de evidencia fue fuertemente criticado no sólo por los empiristas, como David Hume, sino también por los filósofos de la ciencia y los positivistas como Karl Popper, para quien no existe una verdad evidente sino sólo una verdad probable, precaria y cambiante.

Las facultades del conocimiento. La relación entre el sujeto y el objeto, la conciencia, el entendimiento y el mundo, viene determinada por las facultades del conocimiento; es decir: las aptitudes gnoseológicas que se hallan en el ser humano.

Desde los orígenes del pensamiento, las facultades del conocimiento fueron comprendidas desde una perspectiva religiosa, de tal modo que la razón era casi un regalo divino, una parte sagrada del hombre que posibilitaba el desentrañamiento del mundo.

De esta forma, Platón y Aristóteles identificaron el entendimiento con el alma, con la participación de lo humano en lo divino.

Si los filósofos medievales abundaron en esta idea a partir de la interpretación cristiana del pensamiento clásico griego, a partir del desarrollo de la modernidad, y de manera paralela a la imposición de un nuevo paradigma laico, las facultades del conocimiento empezaron a independizarse de la idea de Dios para ganar, poco a poco, autonomía.

De esta forma, al final de la modernidad las facultades del conocimiento no se correspondían con el alma, sino con la razón misma considerada en absoluto.

Sin embargo, a partir del siglo XIX, gracias en gran medida al materialismo de Darwin y Marx y los irracionalismos de Nietzsche y Freud, se empezaron a entender las facultades del conocimiento como una herramienta existencial precaria, destinada a fracasar.

Posturas fundamentales ante el conocimiento

De la consideración de los procesos gnoseológicos y la consecución de la verdad se derivan cinco posturas elementales ante el conocimiento, cada una de las cuales se halla presente en diversos momentos de la historia del pensamiento.

El dogmatismo. Postura gnoseológica que considera que el sujeto puede conocer de manera infalible el objeto, sin ninguna clase de límite. La verdad, en este sentido, no es sólo una posibilidad, es un hecho consumado.

La filosofía de Descartes, por ejemplo, constituye una de las expresiones más certeras del dogmatismo moderno. Para el pensador francés, Dios garantiza los poderes de la razón, que dirigida por un método preciso puede y debe apropiarse de la realidad y el objeto.

Otras expresiones del dogmatismo son el idealismo, el platonismo y la Ilustración, que pretendía transformar el mundo a partir del ejercicio indiscriminado de la razón.

El escepticismo. Halla su origen en la obra de Pirrón, quien negaba la posibilidad de la verdad o de cualquier forma de conocimiento objetivo. Para los escépticos las facultades del conocimiento están sobreestimadas, y el mundo en tanto que tal habla un lenguaje distinto al de la razón, por lo que no es posible conocerlo de manera exhaustiva.

En la modernidad, Michel de Montaigne, con sus Ensayos, y David Hume, con su empirismo, representan la versión moderna del escepticismo.

Para el pensador inglés, no existen las ideas innatas, tal y como sostenía Descartes, y los métodos gnoseológicos son siempre insuficientes para dar cuenta del mundo. Así, la verdad no es sino el resultado de la fe en la propia razón.

Sin embargo, continúa Hume, el escepticismo extremo de los pirrónicos es un imposible, puesto que para sobrevivir en la existencia es necesario adoptar verdades provisionales que permitan actuar ante la urgencia de la vida.

El criticismo. Es la formulación más madura y definitiva de la gnoseología, y plantea la demarcación definitiva de las facultades del conocimiento. A través de sus diversos escritos, Immanuel Kant transformó para siempre la consideración de la verdad, la ciencia, el sujeto y el objeto, como se verá más adelante.

El relativismo. Es aquella postura gnoseológica que, sin llegar a negar la posibilidad de la verdad, considera que nada es absoluto u objetivo. Los sofistas, por ejemplo, pensaban que el hombre era la medida de todas las cosas, y que, en consecuencia, jamás se llega a saber qué son las cosas en absoluto, sino qué son a partir de una perspectiva o un momento concretos.

Similar a esta postura es el perspectivismo de Ortega y Gasset, para quien la verdad y el saber se crean siempre a partir de las circunstancias en las que se vive.

El irracionalismo. Supone la negación no sólo de la verdad o el conocimiento, sino la reducción de la razón misma a instinto, pulsión o materia. En la obra de Nietzsche, Freud o Marx, el yo cognoscente pierde la autonomía y la sustancialidad que le habían otorgado los modernos para convertirse en una realidad derivada a partir de otras sustancialidades más relevantes.

En el caso de Marx, la verdad es ideología, y lo económico determina de principio a fin la razón. En el de Freud, el yo se disuelve en el inconsciente, con lo que la razón pierde su fortaleza y el concepto de verdad se debilita. En el caso, por último, de Nietzsche, la razón es una quimera, y el conocimiento sólo es un mito que sirve para imponerse a los demás.

A partir del siglo XX se desarrollaron otras posturas ante la teoría del conocimiento, como el neopositivismo, que reduce la verdad a las ciencias positivas o a la lógica; el constructivismo, que entiende la verdad como una construcción; o la hermenéutica, que propone una comprensión de la verdad y el conocimiento como interpretación del lenguaje del mundo.

Los límites del conocimiento

A pesar de la indudable relevancia de las posturas y los conceptos expuestos hasta ahora, no es posible comprender la naturaleza de la gnoseología sin penetrar en el pensamiento crítico de Immanuel Kant. La Crítica de la razón pura, la Crítica de la razón práctica y la Crítica del juicio suponen la culminación del pensamiento moderno, y determinan de principio a fin el ulterior desarrollo de la teoría del conocimiento.

Kant tomó un camino intermedio entre el dogmatismo de los primeros racionalistas modernos y el empirismo de David Hume y otros pensadores ingleses. Así, no se trata de que el sujeto absorba el objeto y se halle en la verdad, ni tampoco de que ésta sea un imposible.

El conocimiento cierto es el científico, y es el que resulta de la confrontación de las facultades del entendimiento a priori y los datos sensibles que proceden de la experiencia. En este sentido, el fenómeno es un constructo que depende tanto del sujeto como del objeto.

Cuando se posee la imagen mental de un objeto, para que ésta sea susceptible de ser considerada verdadera o falsa, es necesario que dicha imagen proceda de la experiencia directa de la realidad y que las condiciones de posibilidad a priori del conocimiento la procese. Así, no se debe confundir entre la imagen mental, el fenómeno, y la cosa misma, también conocida como cosa en sí o noúmeno.

Por otro lado, para Kant, no se puede afirmar que exista un conocimiento positivo de aquellos objetos de los que no se tiene una experiencia directa, por lo que la ética o la metafísica no pueden comprenderse como ciencias.

De esta forma, el alcance de la razón y el conocimiento quedan completamente delimitados, y se acaba con la disputa entre los dogmáticos y los escépticos. Además, al señalar que ni la metafísica ni la ética eran ciencias, Kant dotó a ambas disciplinas de la libertad para transformar o pensar el mundo a su antojo, al margen de las limitaciones que impone el empleo legítimo de la razón.

No en vano, el idealismo no es sino la consecuencia directa de una interpretación libre de estas ideas críticas.



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