Historia del Islam

La historia del islam abarca unos catorce siglos y halla su origen en la vida de Mahoma. Si bien la religión musulmana se ha encargado de rodear la figura de este profeta de una serie de símbolos y significaciones inciertas, se considera que el último profeta de Allah, que cerró una larga serie de profecías protagonizadas por personalidades de la talla de Jesús de Nazaret, existió realmente.

La vida de Mahoma

Mahoma nació en La Meca en el año 570 o 571, dentro de una tribu conocida como Coraix, y murió en Medina en el año 632. Integrante del clan Hashim, el padre del profeta musulmán murió antes de que éste naciese, por lo que su abuelo y su tío tuvieron que hacerse cargo de él.

Después de dedicarse al comercio, casarse con una mujer mucho mayor que él y tener cuatro hijos, a la edad de cuarenta años recibió la visita del ángel Gabriel, quien le comunicó que era el último de los profetas del único Dios y le relató el contenido del libro sagrado, el Corán que fue transcrito en la piel de diversos animales tras la muerte del profeta.

Mahoma era analfabeto, por lo que jamás pudo escribir él mismo el libro sagrado; sin embargo se lo sabía de memoria, y transmitió su contenido a los memoriones, hombres dotados de una especial capacidad retentiva.

La nueva religión que predicó Mahoma se basó en la existencia de un Dios único y todopoderoso, que enjuiciaría a los hombres en el juicio final a partir de unas leyes que venían descritas en el libro de los musulmanes.

La similitud de estas ideas con las que integran las religiones judaica y cristiana no son en absoluto sorprendentes, ya que el propio Mahoma expresó en más de una ocasión la simpatía que sentía hacia el cristianismo y el judaísmo, que no aceptaba pero que sí toleraba.

La obra apostólica de Mahoma dio pronto sus frutos y se rodeó de numerosos seguidores. Sin embargo, el hecho de que la incipiente religión implicase una nueva organización política alertó a los árabes tradicionalistas, que persiguieron a Mahoma y a sus fieles.

De esta forma, el profeta tuvo que huir a Medina en el año 622 (hecho conocido como la “hégira”). En Medina, su movimiento religioso cobró fuerza y solidez. Poco tiempo después los musulmanes de Medina, con Mahoma a la cabeza, se enfrentaron a los árabes de La Meca, haciéndose de nuevo con el territorio para seguir luego con la conquista de toda Arabia.

Finalmente, Mahoma consiguió imponer el islam en algunas zonas de Siria y Palestina, y antes de morir unió toda Arabia bajo el signo de la religión islámica.

La expansión del islam

Tras la muerte de Mahoma en el año 632, los primeros califas musulmanes (entre los que destacaron Abu Bakr, Umar y Utmán) sucedieron al profeta a la cabeza de la religión islámica y el estado árabe, que eran idénticos, y se lanzaron a la conquista de nuevos territorios basándose en la yihad (literalmente “esfuerzo”, aunque también traducido como guerra santa), que significaba y simbolizaba la misma hégira, es decir, la emigración de Mahoma de La Meca a Medina.

Primero consiguieron hacerse con los territorios de la India, Egipto, Palestina, Siria, Armenia y Asia central, y luego fijaron su atención en la conquista de toda Europa. Por otro lado, mientras el islam se expandía por todo el mundo, la capital del estado y de la religión se trasladó a Damasco.

En este contexto, resulta sorprendente que la cohesión de la religión islámica no se viese mermada por la expansión de los árabes a lo largo y ancho de un gran número de territorios completamente distintos; sin embargo, hay que tener en cuenta que la religión y los estados musulmanes se basaron desde sus orígenes en una rígida administración y en la aplicación inquebrantable de una serie de leyes que no se prestaban a ninguna clase de confusión.

Así, tras hacerse con los territorios más próximos a la península arábiga, los musulmanes acometieron la conquista de Europa, aunque encontraron serias dificultades para atravesar el centro del continente y para derrocar al gobierno de Constantinopla, por lo que optaron por entrar en las regiones de occidente a través del norte de África, más concretamente por Marruecos, hasta pasar a España. Aunque los musulmanes no consiguieron atravesar los Pirineos, permanecieron en la península ibérica durante siete siglos, mezclando su cultura, su filosofía y su ciencia con la de los cristianos.

Este primer periodo de expansión islámica se produjo bajo el gobierno del primer gran califato musulmán, el de los omeyas, al que sucedió el de los viejos sacerdotes tradicionales, que retomaron el poder aprovechándose de la decadencia de aquéllos y trasladaron la capital del imperio a Bagdad.

Sin embargo, a pesar de la decadencia del califato omeya en todo el imperio, el último de sus representantes consiguió resistir durante mucho tiempo en España, más concretamente en Córdoba.

La presencia del islam en África, Asia y el sur de Europa desde el siglo VIII ha dado lugar a la mezcla de ideas y culturas que, incluso en occidente, aún se pueden apreciar en el nombre de muchos lugares y objetos.

La fragmentación del imperio musulmán

A partir del siglo X, la expansión del islam condujo a la fragmentación del imperio y de la religión, dando lugar a tres zonas bien diferenciadas. Por un lado se encontraba el califato de Bagdad, que constituía la ortodoxia religiosa y política musulmana y ocupaba buena parte de Oriente Medio. Por otro estaba el islam de Marruecos, el norte de África, Egipto, Siria y las islas del Mediterráneo, que se enfrentó a la capital ortodoxa y desarrolló sus propias ideas. Por último estaba el califato omeya de Córdoba, que resistía contra el empuje de los cristianos y la ortodoxia de Bagdad.

La decadencia definitiva del primer imperio islámico se certificó con la caída de Bagdad ante el empuje de los selyúcidas, un pueblo procedente de Turquía que se convirtió al islam e impuso a su propio sultán, aunque siempre respetando el papel religioso del califa.

De esta manera, a partir del siglo XI la historia del islam se convirtió en la historia fragmentaria del imperio de Turquía y los distintos estados menores e independientes repartidos por África, Asia y el sur de Europa.

El islam en España

De los diversos estados independientes que surgieron de la expansión inicial del islam destaca muy particularmente el que se estableció en España a través de diversas etapas y movimientos. Al-Ándalus, que es como se conoce a los territorios españoles en los que los musulmanes desarrollaron con mayor libertad su cultura y su religión, constituye el ejemplo más destacado de la fusión de distintas tradiciones religiosas.

Durante los momentos de mayor expansión, al-Ándalus comprendió desde un punto de vista geográfico todo el sur y gran parte del centro, este y noreste de la península ibérica. El estado estaba articulado inicialmente en torno al califato de Córdoba, que contaba con la figura del califa Abd al-Rahman III al frente.

Posteriormente se sucedieron en el gobierno del califato otros importantes califas, entre los que destacó Hisam II y su ministro Almanzor. Sin embargo, con el avance de la reconquista por parte de los cristianos, el califato de Córdoba empezó a perder poder, lo que condujo a la sucesión anárquica de califas y a la dispersión de Al-Ándalus en distintos reinos, conocidos como reinos de taifas. Las taifas más importantes fueron las de Sevilla, Toledo, Zaragoza, Granada, Valencia, Málaga, Badajoz y Almería. Aún hoy se pueden encontrar repartidos por casi toda España vestigios de aquel periodo, destacando la Alhambra de Granada y la mezquita de Córdoba.

En este contexto, Al-Ándalus se vio reducida a un territorio hostil y fragmentado en el que diversos grupos étnicos y religiosos luchaban entre sí. Por un lado estaban los árabes y beréberes descendientes de los primeros conquistadores musulmanes, por otro las familias en las que se mezclaban el cristianismo y el islam, y por último los cristianos que habían permanecido fieles a sus creencias e intentaban iniciar una reconquista de todo el país.

Tras el ataque a Al-Ándalus por parte de unas tropas almorávides procedentes del norte de África, otros norteafricanos, los almohades, consiguieron oponerse a éstos y se hicieron con el control de la mayor parte de los reinos. Sin embargo, al igual que sucedió con los primeros ocupantes, los almohades duraron poco tiempo al frente del poder, y sobrevino un segundo periodo de reinos de taifas en el que el protagonismo pasó de Córdoba a Valencia, luego a Murcia, y finalmente a Granada.

El reino de Granada supuso el último reducto musulmán en España, que cayó finalmente ante el empuje de las tropas de los Reyes Católicos, que se hicieron con todos los territorios españoles en el año 1492.

Aunque la historia del islam en España se haya caracterizado por las continuas luchas interinas, lo cierto es que la ocupación supuso un enriquecimiento cultural para todos lo españoles, que heredaron un gran número de palabras, monumentos, técnicas e ideas.

El islam en la edad moderna

Tras la caída del imperio musulmán a manos de los mongoles, que conquistaron Bagdad, y de la pérdida de territorios debida a las cruzadas, el islam volvió a vivir un nuevo periodo dorado a partir de los últimos años del siglo XV. Los otomanos se hicieron con Turquía, y desarrollaron un nuevo imperio que se hizo con los territorios comprendidos dentro del imperio bizantino.

Los musulmanes otomanos se propusieron nuevamente la conquista de Europa. Sin embargo, las diversas derrotas que se produjeron en el centro y en el oeste del continente volvieron a detener la expansión del imperio.

Hacia el siglo XVIII, el islam era una realidad religiosa y política completamente fragmentada, que se dividía en tres reinos diferentes: el otomano, que era el central y ortodoxo y se extendía hasta África y el mar Rojo; el de Irán, mucho más reducido; y el de Mogul, que comprendía algunas zonas de la India.

El resto de los territorios que antes formaban parte del imperio musulmán habían terminado desapareciendo ante la influencia de occidente, que vivía un periodo caracterizado por el colonialismo.

Por otro lado, dentro de la misma península arábiga, más concretamente en el este, surgió un movimiento islámico fundamentalista de gran relevancia, que marcaría de forma definitiva la historia del islam en la contemporaneidad. Este movimiento se conoció como movimiento Wahhabi, y fue fundado por Muhammad ibn Abd Wahhab a mediados del siglo XVIII. Los Wahhabi pretendían denunciar la decadencia del islam a través de la violencia, y comprendían todo lo que procediese de occidente como algo contra lo que había que luchar.

El hecho de que Europa se estuviese desarrollando económica, política y tecnológicamente a un ritmo vertiginoso, empezó a propiciar la aparición de determinados sectores que se aferraban a los orígenes del islam con el fin de iniciar una nueva acometida violenta contra occidente. Las consecuencias de estos movimientos se pueden apreciar en el mapa político y bélico actual.

El islam en la contemporaneidad

El radical desarrollo de occidente hizo que el islam entrase en el siglo XX cuestionándose la naturaleza de su religión y su estado. Tras las grandes guerras mundiales, diversos países islámicos, como Egipto o Turquía, empezaron a fomentar el sentimiento nacionalista entre sus ciudadanos, con el fin de alcanzar cierto desarrollo semejante al occidental.

Así, si estos países consiguieron desligar el desarrollo político y económico de la religión, anquilosada en las viejas ideas de siglos atrás, otras naciones, como Arabia, buscaron en sus raíces nuevas formas fundamentalistas de imponerse sobre los territorios cercanos, basándose en las ideas propuestas por los Wahhabi en el siglo XVIII.

Por otra parte, algunos territorios musulmanes que siempre habían vivido dentro de una unidad nacional se vieron de repente dispersados en nuevas naciones, que surgieron a partir del reparto de territorios que siguió al fin de las dos guerras mundiales.

De esta manera, la India vivió una guerra civil al separarse de Pakistán, y dio lugar a la nación de Bangladesh, también musulmana. Sin embargo, el hecho más determinante para el islam fue la creación del estado de Israel por parte de los gobiernos occidentales. Después de las grandes guerras, los aliados se habían hecho con el poder de la mayor parte de los territorios de Oriente Próximo, y en ese momento pretendieron repartir a las diferentes etnias y a las diferentes religiones de una forma completamente artificial. Esta situación dio lugar al desplazamiento de millones de musulmanes de sus tierras de origen a otros países vecinos, dando lugar a la mayor parte de los conflictos que aún persisten en Oriente Medio, así como a la creación de la Liga de Estados Árabes y al inicio de la guerra entre musulmanes e israelíes en los años sesenta.

Los intereses religiosos y políticos se vieron además deformados por los económicos, ya que Arabia y la mayor parte de Oriente Medio guardan las mayores reservas petrolíferas del mundo. En los años setenta se inició una nueva guerra entre Israel y los musulmanes, la del Yom Kippur, en la que se disputaban territorios y la riqueza derivada del comercio del petróleo. Por otro lado, el interminable conflicto palestino-israelí, la ocupación de territorios por parte de Israel y el intervencionismo de occidente en el reparto de los recursos petrolíferos condujo a una grave inestabilidad en muchos países musulmanes, como la revolución islámica de los ayatolas iraníes o la de los talibanes en Afganistán. Las relaciones entre oriente y occidente empeoraron aún más tras los atentados contra los Estados Unidos el 11 de septiembre de 2001, reivindicados por el grupo Al-Qaeda, dando lugar a la invasión de Afganistán y la posterior invasión y guerra de Iraq con el derrocamiento, juicio y ejecución del presidente Saddam Hussein.

Los ataques terroristas contra los Estados Unidos, Madrid, Londres y otros lugares han propiciado una comprensión negativa y errónea del hecho religioso musulmán por parte de gran parte del mundo occidental.



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