Presión atmosférica

Se llama presión atmosférica a la presión que ejerce el aire sobre la superficie terrestre. Negada por los antiguos, quienes pensaban que el aire no pesaba, fue puesta de manifiesto de manera indiscutible por Otto de Guericke mediante su célebre experimento de los hemisferios de Magdeburgo, dos semiesferas que, una vez unidas y hecho el vacío entre ellas, dos potentes caballos tirando en sentidos opuestos eran incapaces de separar.

La primera determinación del valor de la presión atmosférica se debe al italiano Evangelista Torricelli, quien demostró que el peso del aire es capaz de sostener una columna de mercurio de 760 mm de longitud sumergida en una cubeta de este metal, a una latitud de 45º, a 0 ºC de temperatura y a nivel del mar.

Basándose en este valor, la presión atmosférica en un lugar puede medirse en milímetros de mercurio. Así aparece la unidad de presión denominada Tor (abreviatura de Torricelli), cuya equivalencia es: 1 Tor = 760 mm.

Otra unidad de medida de la presión atmosférica es la atmósfera. La equivalencia entre milímetros y atmósferas es: 1 atmósfera = 760 mm.

En meteorología, la presión atmosférica se acostumbra a medir en milibares. La conversión de esta unidad a la atmósfera y, por consiguiente, a milímetros de mercurio, se hace mediante la expresión:

1 atmósfera = 760 mm de Hg = 1.013,2 milibares

En términos generales, la presión atmosférica disminuye con la altura. Este hecho es lógico si se tiene en cuenta que, realmente, dicha presión no es sino el peso del aire. En un lugar elevado habrá menos aire por encima que a nivel del mar. Ello explica, por ejemplo, que la presión sea menor en el altiplano boliviano que en la playa.

Sin embargo, la variación de la presión atmosférica no es uniforme. Conforme aumenta la altitud, en los cinco primeros kilómetros se registra una pérdida de 1,33 milibares por cada once metros de desplazamiento vertical ascendente. Aproximadamente a partir de esa altitud el descenso es más lento, cifrado en algo más de 1 milibar por cada 17 metros de elevación.

También se producen cambios de presión atmosférica en desplazamientos horizontales. Para estas variaciones horizontales no puede darse una ley general, ya que en ellas influye de forma muy notable el gradiente térmico que se origina por la radiación solar. Las líneas que unen puntos de una región que tienen igual presión atmosférica se llaman isobaras.

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Efectos sobre los cambios de estado.

Para que un líquido pase a gas, tanto por evaporación como por ebullición, es necesario que sus moléculas adquieran la energía cinética necesaria para abandonar la masa líquida. A ese abandono se opone la presión atmosférica, por lo que la ebullición y la evaporación son más fáciles cuando la presión atmosférica del lugar en que se llevan a cabo es menor.

Así, cuando se dice que el agua hierve a 100 ºC, se entiende que es a nivel del mar. En las cumbres andinas, por ejemplo, entra en ebullición a menor temperatura.

Las ollas a presión están basadas en este fenómeno. Al estar cerradas herméticamente, crean en su interior una presión tan elevada que obligan a que el agua, para hervir, se tenga que calentar a una altísima temperatura, con lo que los alimentos se cuecen muy velozmente.

Efectos en la salud de la presión atmosférica.

Las variaciones de presión atmosférica influyen en el cuerpo del hombre y los animales, con especial incidencia en las estructuras que están ocupadas por aire. Una disminución de la presión atmosférica favorece la expansión del volumen de aire encerrado en los oídos, pudiendo provocar barotitis, dolorosa afección producida por una desigual presión a ambos lados de la membrana timpánica. (Ver Otitis, precauciones y tratamientos)  De la misma manera, afecta a los senos nasales y es causa de barosinusitis, que provoca molestias faciales. También puede favorecer la aparición de problemas pulmonares graves.

La presión atmosférica influye asimismo sobre la presión arterial, de modo que al disminuir la primera disminuye la segunda. En consecuencia, las personas hipertensas pueden sufrir trastornos en zonas geográficamente altas. En los habitantes de zonas montañosas se da con relativa frecuencia el llamado mal crónico de altura, causante de policitemias (aumento anormal de hematíes debido a falta de oxígeno) y de hipertensión pulmonar.

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