Que es la Metafísica?

Se dice que el término metafísica fue acuñado por Andrónico de Rodas, en el siglo I a.C., para denominar la serie de libros de Aristóteles, ordenados por letras del alfabeto griego, que concernían a lo que el propio Aristóteles llamó ciencia primera. Esto es, la disciplina científica que tiene como objeto el todo. Así, la metafísica, que es identificable con la ontología, contempla todas las realidades posibles, y les da un fundamento y una validez a las ciencias concretas, como la física, las matemáticas o la lógica.

Además, la metafísica supone la asunción de un punto de vista cultural, ya que se refiere al conocimiento existente en un momento dado. De esta manera, en el caso de que no existiesen unas ciencias formuladas y maduras, sería imposible establecer una ciencia que se dedicase al estudio de su validez y sus fundamentos.

El saber se articula en todo momento y lugar de una forma concreta. Se establecen unos paradigmas científicos, unos temas de análisis, unas valoraciones, unas formulaciones, y luego la metafísica define el carácter de ese saber, no ya en sus expresiones particulares sino en su esencia, en su forma de tratar todo lo existente.

La primera forma de metafísica occidental se desarrolló en Grecia a mediados del primer milenio a.C. El país heleno se convirtió rápidamente en el lugar idóneo para el nacimiento de la ciencia primera por su esplendor económico y cultural. Su ubicación junto al mar Mediterráneo y sus frecuentes contactos con otros pueblos y culturas hicieron que las ciencias alcanzasen hacia el siglo IV a.C. un desarrollo espectacular, que condujo a la búsqueda de una ciencia absoluta, total, que albergase todos los puntos de vista y justificase las labores particulares.

A pesar de que un gran número de autores, como Anaximandro, Heráclito, Parménides, o incluso Platón, trataron las realidades más íntimas de la existencia, se considera que Aristóteles fue, en gran medida, el padre de la metafísica y la ontología, que definió como la ciencia que se dedica al estudio del ser, de lo que hay, más allá de las concreciones propias de cada disciplina. Así, Aristóteles fue, sin lugar a dudas, el primer filósofo que sistematizó la metafísica, poniendo en relación todos los saberes y jerarquizándolos, hallando además los fundamentos del conocimiento y los objetos más relevantes de la ciencia.

A partir de la obra de Aristóteles, no ha existido ni un solo periodo dentro de la historia del pensamiento que no haya elaborado su propia metafísica, aunque siempre determinándola dentro de su manera de entender la realidad y de las ciencias propias de su época.

Tipos de metafísica

Dentro de las formas de entender el estudio de la realidad se pueden identificar en la historia de la filosofía varias perspectivas fundamentales, que parten de unos supuestos distintos y que alcanzan unas verdades propias. Así, lo más habitual es hablar de una metafísica como teología, una metafísica como ontología y una metafísica como teoría del conocimiento o gnoseología.

La metafísica como teología. Supone la comprensión de que el objeto del cual depende la realidad total, y su estudio es Dios. De esta manera, la ciencia primera es la más importante gracias a lo que estudia, ya que de lo divino se deriva todo lo que hay, y funciona como fundamento absoluto, tanto del saber como de la existencia.

A pesar de que Aristóteles definió, sobre todo, su metafísica como ontología, como estudio del ser, de lo que hay, en ocasiones identificó el origen y el fundamento de éste con Dios. Esto sirvió para que posteriormente los pensadores escolásticos intentaran elaborar una metafísica teológica pura partiendo de los presupuestos del pensador griego.

Así pues, la metafísica teológica cree encontrar el origen del saber y la perfección de la existencia en un dios, del que se deriva una ordenación jerárquica de las ciencias y los objetos que integran la realidad. Cuanto más puro es un objeto, más valioso es su estudio y su existencia.

De esta manera, para Aristóteles, si lo divino se asemeja a un motor inmóvil que todo lo mueve y todo lo justifica, aquello que más relevancia tiene dentro de la existencia es el alma y el pensamiento, que se asemejan a Dios y permiten que se pueda conocer el mundo. Por contra, las ciencias particulares ocuparán un rango mayor o menor en la medida en que se acerquen al estudio de lo divino.

Dentro de esta tradición metafísica, se puede incluir el pensamiento de todos los autores cristianos, como Plotino, San Agustín o Santo Tomás de Aquino; aunque también el pensamiento de autores que parecen escapar del pensamiento puramente religioso, como Gottfried Wilhelm Leibniz o Georg Hegel.

Lo más característico dentro de la metafísica teológica es la consideración de que existen dos planos dentro de la realidad o dos realidades, si se prefiere. Por un lado el mundo de las apariencias y de lo finito, en el que los objetos son imperfectos. Por otro, el mundo de lo divino, de las ideas puras, de lo que está más allá de lo físico. En virtud de esta diferenciación, se puede establecer una jerarquía dentro de las ciencias y los objetos de estudio. Cuanto más se centra una disciplina en lo finito y lo imperfecto menos valiosa es; mientras que cuanto más se acerca a lo divino, más validez tiene.

Para Hegel, por ejemplo, la metafísica debe dedicarse al estudio de Dios, de su mente, del pensamiento puro que engendra el mundo. Así, se puede distinguir entre las realidades imperfectas y finitas, consideradas aisladamente; y esas mismas realidades consideradas en su relación con el todo, con el espíritu absoluto.

La metafísica como ontología. La metafísica entendida como ontología se dedica al estudio del ser en tanto que ser, lo que quiere decir que se estudian las cosas atendiendo no a sus caracteres particulares, sino a aquello que es común a todas, a los caracteres que se hallan en todo lo que existe y que no pueden faltar.

De esta manera, la ontología presume que existen características necesarias en los seres, elementos constitutivos que no pueden faltar en ningún objeto. Así, de este hecho se puede derivar una jerarquización de las ciencias, que serán más o menos relevantes dependiendo de cuánto se acerquen a estas determinaciones necesarias. La ontología, por su parte, al dedicarse de forma exclusiva al estudio de lo esencial, aparece en la cima de todas las ciencias, señalando cómo son las cosas entendidas en absoluto.

Las determinaciones necesarias de las cosas llevan a la ontología a la búsqueda de esencias y a la división de la realidad en dos planos: uno, en el que se observan las particularidades de cada cosa; y otro, en el que se pueden apreciar las sustancias, los caracteres que no pueden faltar y que son necesarios.

En la obra de Aristóteles, que fue el creador de la ontología, se pueden encontrar, por ejemplo, lo que él llama sustancias: aquellas cosas que no pueden ser de otra forma, que son necesariamente como son. De esta manera, la metafísica como ontología parte del principio de identidad “A es igual a A”. Se trata de la primera gran verdad metafísica: lo común a todas las cosas es que son ellas mismas y no otras.

Un objeto puede ser grande, pequeño, de un color concreto, con un peso, una historia, etcétera; pero lo relevante desde un punto de vista metafísico es que es ella misma, que tiene unos caracteres que hacen que sea esa cosa y no otra.

Es como preguntarse qué es lo que hace que un perro sea perro. Para responder a la pregunta hay que saber diferenciar lo accidental de lo esencial. Así, es accidental su color, su tamaño, quién sea su dueño o cuánto coma; mientras que es esencial aquello que todos los perros tienen en común. Habría que pensar en todos los perros posibles y sacar de ellos lo que tienen en común, lo que no le falta a ningún perro, lo que no le puede faltar a ningún perro para ser considerado como tal.

Aunque la metafísica como ontología no se detiene en este punto. La misma obra de Aristóteles es una muestra de cómo a partir del descubrimiento de las sustancias hay que derivar la manera en la que éstas se relacionan con cada ser concreto, la forma en la que lo accidental se mezcla con lo esencial.

De este estudio del ser se deriva también una jerarquía de las ciencias. La metafísica ocupa el puesto de ciencia primera porque define aquello que es común a todas las demás ciencias. La física puede estudiar los caracteres materiales de un animal, el arte puede buscar su esencia a través de imágenes, palabras o sonidos; pero en último término, ambas cuentan con la idea de ese animal en tanto que sustancia, en tanto que objeto de la ontología.

A partir del siglo XVII, gracias a la obra de Jakob Thomasius primero y Wolff después, la metafísica ontológica pasó a llamarse simplemente ontología. De esta manera se pretendía diferenciarla de la metafísica como teología, y se circunscribían sus estudios al ser a partir de la experiencia, y no a partir de realidades religiosas o abstractas que no tuviesen una relación directa con lo que se puede percibir.

La metafísica como gnoseología o teoría del conocimiento. La metafísica como teoría del conocimiento tiene su origen en la obra de Immanuel Kant, a pesar de que otros autores más antiguos ya hubiesen tratado la idea con anterioridad.

Según el pensador alemán, la metafísica entendida así tiene como objeto el estudio de las condiciones de posibilidad del conocimiento. En otras palabras: la metafísica debe conocer cómo funciona el entendimiento humano, cuáles son sus estructuras fundamentales, de tal manera que se pueda saber en qué realidades, categorías y conceptos se basa el conocimiento.

Así, no se trata de estudiar sólo la manera en la que se analiza una verdad científica, sino, sobre todo, de descubrir la manera en la que la mente humana se relaciona con la realidad y el saber. Así, se conocen las estructuras que operan cuando, por ejemplo, se percibe un objeto; es posible hallar el fundamento gnoseológico de todas las ciencias, las verdades en las que se basan y que legitiman su validez.

De esta manera, para Kant, el funcionamiento del entendimiento humano viene determinado por dos factores: unas categorías trascendentales y unos datos obtenidos de la experiencia. Las primeras son las estructuras de la mente humana, como por ejemplo el espacio y el tiempo; mientras que los segundos son aquellos datos que se obtienen mediante los sentidos.

Por ejemplo: cuando se percibe un árbol, lo que el sujeto tiene en el entendimiento es una imagen mental de éste, un fenómeno. Éste por su parte es el resultado de unir lo que recibe a través de los sentidos, que procede de una realidad que está más allá de su mente, de un árbol en sí o real, si se quiere; y las estructuras de la mente, que lo sitúan en unas circunstancias espacio-temporales, en un antes y en un después y en un lugar concreto.

A partir de este estudio metafísico de la percepción humana se puede establecer una clasificación de las ciencias, así como unos principios de validez. De esta manera, las ciencias experimentales no pueden llamarse tales si no parten siempre de unos datos que procedan de los sentidos. Por contra, la metafísica, la ética o la religión parten precisamente de realidades de las que no se tienen unos datos sensibles, por lo que no pueden ser consideradas como ciencias.

El romanticismo y el idealismo pasaron por alto estas ideas de Kant, o las utilizaron para llevar a cabo una metafísica teológica; sin embargo, el pensador alemán Edmund Husserl recuperó a principios del siglo XX el espíritu crítico kantiano para desarrollar la fenomenología, la ciencia que se dedica al estudio de los fenómenos mentales, de las esencias que aparecen en la mente.

La fenomenología entendía que el objeto de la metafísica era el estudio de las esencias, de las ideas, tal y como éstas se daban en la mente humana. Para evitar los problemas que se habían derivado en los siglos XVIII y XIX de la gnoseología kantiana, Edmund Husserl decidió poner entre paréntesis la existencia de las ideas y su relación con los hechos. Así, la metafísica como teoría del conocimiento no se trataba ya tanto de legitimar las ciencias particulares como de legitimar el objeto de estudio de la filosofía.

Por tanto, la fenomenología husserliana estudia los objetos mentales y su relación con otras entidades mentales al margen de que existan o no, con el fin de crear un ámbito de estudio propio de la filosofía que no se vea invadido por otras ciencias particulares como la psicología o la historia.

A pesar de que los herederos del pensamiento de Edmund Husserl le reprocharon a éste que no quisiese tratar la existencia real de las ideas y las esencias, el método que describió en sus obras más destacadas marcó profundamente el devenir de la filosofía contemporánea. Así, se puede hallar su espíritu en la filosofía existencial de Martin Heidegger, quien llevó la metafísica a sus orígenes, al estudio del ser en tanto que ser; o en la obra de Jean-Paul Sastre, quien hizo de la existencia el objeto de estudio de la ciencia primera.

¿El fin de la metafísica?

Sin embargo, también a partir de la primera mitad del siglo XX se empezó a hablar del fin de la metafísica, gracias sobre todo al diagnóstico que hizo de ésta en el siglo XIX Friedrich Nietzsche. De esta manera, los postmodernos parten de la convicción de que la modernidad, y con ella la ontología y la teología, ha muerto. Consideran que ya no tiene sentido hablar de una visión totalitaria de lo real y que los fundamentos han desaparecido, para dejar paso a una concepción fragmentaria y desapasionada de la realidad. Esta postura, sin embargo, se mueve en medio de una serie de paradojas que hacen dudoso o al menos problemático aceptar sus presupuestos básicos, puesto que se habla del fin de la metafísica como consideración global de la realidad a partir precisamente de una nueva visión global del mundo.



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