Religión incaica

La naturaleza de la religión incaica está estrechamente relacionada con la comprensión del cosmos y la naturaleza, al igual que sucede con otras religiones precolombinas como la maya o la azteca. A grandes rasgos se trata de una religión politeísta y panteísta, integrada por un panteón de dioses que funciona a partir del establecimiento de una rígida jerarquía, en la que cada dios ejercía un papel primordial en el destino del imperio y el mundo.

El dios más importante de la religión de los incas era Inti, que representaba el sol. Según las leyendas fue éste, bajo la forma de otro dios conocido como Viracocha, el que dio origen al mundo, a los cielos y a los habitantes de las regiones conocidas. Según la religión incaica, el dios sol acabó con los primeros habitantes del mundo por infieles, para, a continuación, crear el imperio inca y desaparecer por el oeste. El representante del sol en la tierra era el Inca.

Si el sol era el encargado de establecer los ciclos solares y el funcionamiento de los días y las noches, su hermana, la luna, encarnada por la diosa Mama Quilla, era la responsable de la noche y de todos los asuntos relacionados con las mujeres y su fertilidad.

Por otro lado, los animales, tan importantes en la cultura incaica, eran representados en el cielo mediante las constelaciones. Asimismo se representaba a la tierra y el mar mediante dos diosas elementales para la productividad de la pesca y la agricultura, que recibían los nombres de Mama Cocha y Mama Pacha.

Esta forma de comprender el universo y el comportamiento de la tierra sirvió además para legitimar todo el funcionamiento del imperio, que era profundamente religioso.

Los incas practicaban enterramientos en lugares sagrados, momificaciones y sacrificios a los dioses. Así, se consideraba que existían unas fuerzas que rodeaban los lugares sagrados, y que estos lugares debían recibir sacrificios a cambio del buen funcionamiento de la pesca o la caza.

Estos espíritus menores recibían el nombre de huacas, y su culto llegó a producir enfrentamientos entre aquellos que adoraban a los dioses fundamentales o mayores y los que adoraban a los dioses regionales, locales o menores. De esta forma, tanto los huacas como los dioses pasaron a constituir una expresión política de la propia identidad imperial y regional.

La presencia de todas estas formas religiosas aún se pueden encontrar hoy día en los principales monumentos incas, como los que se pueden hallar en Cuzco.

Las creencias de los incas condujeron al establecimiento de diversas instituciones religiosas, destacando por encima de todas ellas la del sacerdocio. Para los incas, los sacerdotes se relacionaban a partir de una rígida jerárquica, siendo el más importante el conocido como Villca Humu, una especie de papa que estaba emparentado directamente con el Inca o dios primordial.

El influjo de estos sacerdotes en la vida pública y política del imperio inca fue especialmente notorio en los primeros años del imperio, cuando trataron de hacerse con el poder administrativo y político de las regiones que conformaban el mundo inca. Sin embargo, los nobles consiguieron imponerse con rapidez sobre ellos.

Los sacerdotes que formaban parte del alto clero acompañaban a Villca Humu en sus sacrificios y ofrendas, que realizaba vestido con una larga túnica de lana. El sacerdote supremo debía ser casto, y sólo podía alimentarse de hierbas y agua, aunque también era usual que mantuviese largos ayunos.

Los sacerdotes menos importantes, que se llamaban hatun villca, eran los encargados de mantener los sacrificios ordinarios al dios del sol, que se producían todas las mañanas y consistían en el vertido de la sangre y los órganos de una llama blanca al amanecer sobre la imagen del sol.

El imaginario colectivo de los incas estaba lleno, además, de los diversos mitos que rodeaban a la figura del Villca Humu, quien poseía una armadura de oro con la forma de una luna esculpida en el pecho, además de unos brazaletes del mismo material.



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