Vitalismo

A pesar de que el vitalismo sea identificado en ocasiones como una corriente del pensamiento de la que participan unos autores concretos, la idea de vida impregna toda la historia del pensamiento. No podía ser de otra manera, ya que la manera de ser propiamente humana no puede ser entendida si no es a partir de su vida.

En cualquier caso, dentro de los grandes vitalismos de todos los tiempos, destaca muy particularmente el del pensador alemán Friedrich Nietzsche, quien definió esta tendencia como el amor a todo aquello que acentúa lo vital, que hace la existencia más fuerte, verdadera y peligrosa.

Sin embargo, para entender lo que quieren decir los vitalismos, primero es necesario entender qué es la vida, qué es lo que se comprende como vitalidad.

Los límites entre lo que es vida y lo que no lo es son más débiles de lo que en principio se podría creer. Hay tal cantidad de caracterizaciones que es realmente difícil establecer una definición que satisfaga a todas las disciplinas, sobre todo a partir del desarrollo independiente de determinadas ciencias que se dedican específicamente a su estudio, como es el caso de la biología.

Los primeros griegos entendieron la vida de una forma muy similar al alma. Vivo estaba todo aquello que fuese capaz de moverse, de existir, por sí mismo. Los animales estaban vivos porque eran espontáneos, no mecánicos; eran activos y dinámicos, no pasivos e inertes. Así, lo vivo tenía en sí mismo su principio de acción; mientras que lo inerte era movido por otros principios y seres. La confusión entre alma y vida llegó hasta tal extremo que filósofos como Plotino afirmaron que todo lo que vive es pensamiento; aunque lo más habitual era que se entendiese que se trataba de dos fenómenos distintos, aunque íntimamente ligados: el alma es lo que propicia el movimiento en lo vivo.

La separación entre alma y vida se hizo más evidente con los autores modernos como René Descartes, quienes defendían un modelo mecanicista según el cual los animales o el mismo hombre eran máquinas perfectamente organizadas que eran movidas por el alma; lo que no quería decir que careciesen de vida por sí mismas. Los vitalistas, por su parte, negaban que los organismos tuviesen cualquier clase de vida al margen de lo espiritual, que es, en primer y último término, lo que genera y determina la vida. Esta postura es la que mejor se adapta a la visión religiosa del mundo, ya que, para la mayor parte de las grandes religiones, la vida ha sido creada por lo espiritual y se debe en todo momento a ello, ya que determina su sentido y su valor.

Pensadores como Gottfried Leibniz entendieron la vida como un fenómeno ligado a un proyecto o plan superior divino, en el que se define el comportamiento de cada una de las partes de un sistema perfecto e infalible.

Sin embargo, poco tiempo después, los románticos y los idealistas volvían a entender la vida como el principio del movimiento. Un ser está vivo si se mueve por sí mismo. Lo orgánico es espontáneo, mientras que lo inorgánico es inerte y depende de otras formas de vida para moverse y para tener sentido.

En este sentido destaca muy particularmente la obra del pensador francés contemporáneo Henri Bergson, para el que la vida se puede identificar con un principio espiritual llamado élan vital, que es semejante a la conciencia. Para el premio Nobel francés, la historia de la existencia es la historia del despliegue de la vida de la conciencia, que poco a poco va acaparando mayores porciones de materia para convertirlas en vida espontánea y libre. El mejor ejemplo posible para entender esta teoría de la conciencia creadora es el propio ser humano.

En principio fue un ser unicelular sin ninguna clase de articulación o inteligencia. Sin embargo, a medida que los organismos fueron desarrollando una forma cada vez más compleja de relacionarse con el mundo, la conciencia fue surgiendo. El hombre se fue desprendiendo de la materia hasta alcanzar la conciencia. De la misma manera, a medida que se iba desprendiendo de la materia se iba desprendiendo de la necesidad, se iba volviendo libre. Finalmente, el propio hombre se encargó de llevar la vida, la espontaneidad y la conciencia hasta la propia naturaleza. Vivificando el mundo, llenándolo de espíritu gracias al impulso creador, gracias a la propia vida.

Dejando a un lado teorías que puedan parecer heterodoxas, la ciencia siempre se ha mostrado muy cercana a las posturas filosóficas en lo que se refiere a la vida. Así, se ha convenido que la vida es aquello que es capaz de reproducirse por sí mismo; es decir: la vida es aquello que tiene dentro de sí mismo el movimiento, la espontaneidad y la libertad.

Sin embargo, los estudios científicos han llegado a teorías que ponen en duda todo lo mantenido hasta ahora. Se ha descubierto, por ejemplo, que hay fenómenos que no se sabe a ciencia cierta si tienen en sí mismos su principio de actividad o si son completamente inertes. Es el caso de los virus o el de las máquinas. El hombre ha sido capaz de crear máquinas que generan por sí mismas acciones autorreguladoras, con lo que la esencia de lo que pueda ser la vida parece quedar aún demasiado lejos.



Contenido Relacionado