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La ley de la Causalidad

La ley de la Causalidad
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Desde un punto de vista general, se llama causalidad a la relación que se establece entre dos elementos, de tal forma que la naturaleza del segundo se deriva de la naturaleza del primero.

Por ejemplo: la causalidad es la relación que se establece entre un fuego y su humo, ya que, con frecuencia, éste se sigue de aquél.

Formas de causalidad

Dentro de la historia del pensamiento se suele hablar de dos formas de causalidad.

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La primera es la racional, según la cual la relación entre los dos elementos es de orden lógico; la segunda es empírica, y se obtiene del hecho de observar en la experiencia cotidiana cómo unos procesos se siguen de otros.

La causalidad como razón

Este concepto encuentra en las obras de Platón y Aristóteles sus orígenes.

Para el primero, la causa es aquello que dice cómo es una cosa concreta, y supone la perfección de ésta, de tal forma que algo blanco halla su origen en la blancura, que es la máxima expresión de la cualidad de blanco.

Aristóteles por su parte distinguió entre cuatro causas distintas, y señaló que la sustancia tiene su razón de ser en la causa primera, que, al igual que en Platón, determina el ser de una cosa, su función y su perfección.

Ya en la modernidad, la física se basó en el concepto mecanicista de causalidad, que, según Thomas Hobbes, consiste en la creencia en que unos cuerpos actúan sobre otros, determinando efectos y órdenes que dan lugar al mundo.

Poco después, Baruch de Spinoza quiso ver en la concatenación mecánica de causas y efectos la presencia de un plan divino, de una inteligencia que diseña la manera en la que se relacionan unos cuerpos con otros.

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Al igual que en Platón o en Aristóteles, la primera causa del mundo no es otra que Dios, aunque en el caso de Spinoza éste se encuentra mezclado con la propia naturaleza, lo que hace que su filosofía sea caracterizada como panteísta.

Dentro de estas formulaciones modernas del principio de causalidad destaca por su importancia histórica el principio de razón suficiente de Leibniz, quien afirmó en su Teodicea que “Nada ocurre sin que haya una causa o por lo menos una razón determinante, o sea, algo que pueda hacer posible la razón a priori, porque lo que existe, existe más bien que no existe, y porque existe así y no de otro modo”.

La causalidad empírica

Es aquella que afirma que se puede predecir qué efectos se seguirán de un fenómeno determinado gracias al conocimiento de la costumbre.

Por ejemplo: si se acerca la mano a un fuego se siente calor, de lo que se deduce que cada vez que se repita la misma acción se sentirá lo mismo y que el calor halla su causa en el fuego.

Esta forma de causalidad encontró, sin embargo, una serie de críticas fundamentales en las obras de pensadores escépticos como Guillermo de Occam o David Hume.

Para Hume, la causalidad sólo es en este sentido una fantasía que se sigue del hábito.

Es decir: se acerca la mano al fuego y se siente calor, de lo que se deriva la ley de causalidad.

Sin embargo, del hábito no se puede deducir ninguna clase de ley, y la causalidad, en efecto, no es sino una fantasía que sirve para que el hombre pueda predecir su vida dentro de unos márgenes ilusorios.

En el mismo sentido, los pensadores contemporáneos definieron la causalidad a partir de la probabilidad, y afirmaron que si bien es posible determinar de manera probable cómo se comportarán dos fenómenos a partir del principio de causalidad, no se puede establecer una ley, una verdad o una certeza a través de lo probable.

Sin embargo, como reconoció el propio David Hume, la causalidad empírica es necesaria para el desarrollo de la vida humana, puesto que no se puede vivir si no se poseen unas pautas de comportamiento y si no se puede predecir en absoluto cómo se comportará la realidad en unas situaciones determinadas.

Articulo original de: Enciclopedia Hispánica-Barsa Planeta, Buenos Aires, Argentina, 1998